386º fragmento -Siempre en mi corazón

Es difícil explicar el vacío que deja una persona que estuvo más en tu corazón que en tu día a día.

Hoy me siento un poco hueca, con una oquedad justo en el centro del pecho, tal vez un poco desviado a la izquierda, ahí donde los latidos parecen quedar suspendidos en un eco que tiende al infinito. Hoy duele un poquito justo ahí. Y ese dolor, que se suaviza por momentos, también se agudiza con algún recuerdo que por sorpresa cruza mi mente como si fuera un fotograma o un audio de esas conversaciones de teléfono, que aunque no fueran asiduas, sí que eran trascendentales.

Desde que te conocí, casi acabando mi adolescencia, siempre has formado parte de mi vida de alguna u otra manera. Quizás fue con el paso del tiempo y la distancia cuando más supe apreciar lo increíble persona que eras, cuando me hice mayor y tuve a mis hijas y estas fueron creciendo, y nuestras conversaciones cambiando con el devenir de una vida, la mía, lo bastante monótona y predecible para no convertirse nunca en algo digno de un guión de película.

Como dice mi amiga Angui, nuestra vida no es nada emocionante en comparación con la de nuestros abuelos o nuestros padres. Nacimos en un estado de bienestar en el que aun nos encontramos, y hemos tenido suerte, no nos podemos quejar.

Tu vida sí que es digna de una novela y de ser recordada.

Te empeñaste en ser madre a pesar de las recomendaciones de unos médicos que te decían que tu corazón, el mismo que dejó de latir ayer casi por compromiso, no aguantaría cuatro partos y no recuerdo cuantos abortos. Quizás eso te dio más vida, porque, sinceramente, no he visto nunca a nadie a quien le gustaran tantos los niños y consiguiera esa conexión con ellos aunque no fueran de su sangre.

Mi hija Daniela siente un vacío, dice, porque siente que has estado en su vida desde pequeña. Qué cosas. Recuerda cuando yo iba a visitarte con ella, recuerda tu casa, a pesar de lo pequeña que era.

Siempre permanecimos en contacto. Hubo épocas que más, y otras que menos, pero nunca faltó la llamada por mi cumpleaños y la de Navidad. Esas habrían bastado para ponernos al día, para situarnos la una a la otra en este mundo tan pequeño. Yo te imaginaba siempre leyendo en tu habitación, viviendo con tus libros todos aquellos mundos que te quedaban un poco lejos.

He pasado por la calle que bordea tu piso y no he podido evitar mirar una y otra vez hacia tu ventana. Recuerdo cuando lo hacía y muchas veces te veía asomada a ella, al oeste. Siempre te saludaba, aunque a veces no me vieras.

Has sido deportista aficionada no practicante. Eso te faltó. Para eso el corazón no dio tregua, y tuviste que conformarte con vivir a través de lo que otros hemos practicado. Mi fan número uno en mi época de atleta máster, esta que tanto disfruto al lado de mis hijas. Siempre me lo decías, que quizás te gustasen tanto los deportes porque nunca pudiste practicar uno.

Quiero imaginar que quizá ahora, libre de un cuerpo que no fue hecho para alguien tan vital como tú, estás por todas partes, que puedes correr, jugar al fútbol o hacer lo que te apetezca, incluso acercarte por Sabadell para darle un empujoncito en la recta final a Daniela.

Quiero imaginar que de alguna manera, cuando sientes este vacío que ahora yo siento en mi corazón, es porque un poco más adelante, cuando mi tiempo aquí haya acabado, volveremos a encontrarnos.

Gracias Juana, porque tus conversaciones siempre dejaron un poso de amor en mi alma, porque tu serenidad y tus ganas de vivir tienen que ser recordadas y servir para que el resto, los que tuvimos la suerte de conocerte, sintamos que vivir es un regalo.

Siempre en mi corazón.

Siempre con tus labios rojos.

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