315º fragmento – Entre estos dos, 32 años de diferencia

Cuando me subí al coche a las 14.45 el Garmin, en mi mano izquierda, marcaba que llevaba recorridos unos 18 kilómetros. En mi carrera eran poco más de 5 Km.

La última vez que había corrido en Itálica, si no cuento el campeonato de España de relevo de cross, fue cuando era segundo año de categoría infantil, con 13 años. Mi tiempo como corredora de crosses y distancias medias y largas se acababa poco después de haber empezado, porque las combinadas me esperaban a la vuelta de la esquina. Quedé segunda a principios del año 1991, rebasada por una Sevillana a la que no conocía y con la que nunca más volví a correr. Era la antesala del campeonato Andaluz de cross, una de las carreras de campo a través más importantes, donde el club nunca faltaba.

32 años y medio después estaba en la salida del cross popular, con dos vueltas al circuito B por delante, de unos 2,5 Km cada una. En la segunda vuelta creí que iba a morir.

En la salida, rodeada de unas 200 mujeres más, no tenía ni idea de cómo empezar, qué ritmo podía llevar. Desde que decidí dejarme engañar por el lactacto, el sufrimiento aeróbico mantenido se me hace demasiado cuesta arriba. Saber que ese sufrimiento se va a prolongar más allá de dos kilómetros es como un martilleo permanente en la cabeza, diciéndome que pare una y otra vez, que los pulmones dejaron de poder hacer un intercambio adecuado de oxígeno, que el corazón no da abasto para repartirlo, y que la siguiente cuesta mejor la haga andando.

Pero no me paré, aunque mi ritmo llegara a ser en algún momento de 4min 12seg por kilometro.

En el 91 fueron menos de dos kilómetros. Yo era una niña y creo recordar que mi segundo cross de Itálica. No había un cross al que yo hubiera ido en el que corriera más gente. Y sin embargo, en lugar de estar orgullosa por mi segundo puesto, recuerdo sentirme decepcionada por no ganar. Esa decepción, conforme pasaron los años y fui siendo consciente de lo difícil que era estar entre las primeras en esa carrera que discurría entre ruinas romanas, se transformó en orgullo, un orgullo que perduró durante años. Yo me quedé segunda en Itálica cuando era infantil, le decía a mi hija. Y ella, que veía como en la salida se repartían más de 200 niñas en una línea ancha que en menos de 150 metros desembocaría en un embudo que las pondría en fila, salió como si allí, en ese mismo sitio, se acabara la carrera, para empezar a correr el 1,4 Km restante.

En el 91 fue un trofeo de madera con el escudo andaluz de metal en su centro. Ahora todo el mundo ansía conseguir el plato de cerámica y la manta que te echan por encima para subir al podio.

Más de 8 kms entre idas y vueltas corriendo detrás de cada una mis tres hijas llevaba ayer en las piernas cuando empecé a calentar para mi carrera a las doce del mediodía. Más de 8 Kms marcaba el GPS. No hubo tiempo casi ni para sentarme, porque cuando quise hacerlo, ya tenía que empezar a moverme de nuevo.

Qué largo se me hizo. Qué circuito más chulo. El cansancio en tramos se confundió con la atención que tenía que prestar para ver donde echaba el siguiente paso en un terreno irregular entre luces y sombras.

Qué bonito.

Qué de gente.

Qué fiesta del deporte.

32 años separan mis dos carreras. Un suspiro si echo la vista atrás. Porque aun soy capaz de ver a esa niña que, casi con la misma edad que mi hija, lograba el mismo segundo puesto que ella con 32 años de diferencia.

Y de forma mágica, ayer yo también fui segunda, aunque en la categoría máster. Y por un instante el tiempo se detuvo. Sexta en la general del cross popular.

Sufriendo mucho.

Disfrutando aun más.

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