316º fragmento -Usted si que es guapa

No suelo compartirlos directamente.

Pero si veo que alguno de ellos le puede servir a alguien en concreto, o esa persona fue protagonista o artífice del inicio de un fragmento, sí se lo suelo mandar.

Mi rubi ha inspirado alguno de ellos.

Esta mañana (¿o fue ayer?), mi rubi se me acerca y me dice que no deje de escribir, que le gusta como lo hago, que algunos de ellos le sirven y emocionan… mientras, yo hago una endoscopia y presto escasa atención, hasta que me doy cuenta de que se refiere a que hace ya tiempo que no escribo.

Dejé de escribir con tanta frecuencia porque dejé de prestar atención a las pequeñas cosas que inspiraban una reflexión, porque de repente me empezó a dar vergüenza compartir tanta intimidad, o porque pensé que nada de esto era interesante, pensando más en el resto que en mí. En lo que pensarán.

Dejé de escribir con tanta frecuencia tal vez porque dejé de necesitarlo, porque ya no era necesario quedarme conmigo misma durante unos 20 minutos, deshilando una frase, un pensamiento, un suceso que pudo resultar insignificante y probablemente no lo habría sido si me hubiera dado tiempo para observarlo, pensarlo, reflejarlo, releerlo y publicarlo.

Tal vez dejó de ser terapéutico o ya cumplió su función.

Tal vez esos 20 minutos fueron ocupados por otros asuntos que subieron en el escalafón de las prioridades no escritas.

Tal vez las prioridades cambiaron al son de cómo cambia la vida.

Tal vez ahora vuelva a necesitarlo de nuevo.

Esta mañana, en el trabajo, con todo lo afortunada que me siento con lo que hago, estuve a punto de estallar. Un guirigay tremendo a primera hora con mil cosas que atender y los pacientes acumulándose en el hospital de día médico. Un día de pollos sin cabeza.

Fue hoy cuando se acercó mi rubi y me dijo que era especial.

Mi Isica, con la que aprendí a hacer endoscopias hace casi 20 años ya. Sin sedación, que entonces no se llevaba eso. Endoscopias a cuatro manos que parecían más sesiones de psicoterapia que otra cosa, donde los pacientes, soportando en ocasiones un dolor que no les podíamos evitar, se abrían y nos contaban preocupaciones, problemas, alegrías, tristezas… y todo lo que pudiera darse en los 20 minutos o más que podía durar la prueba. Nuestra alegría al ver el final de la exploración y poder decirle que a partir de ese momento ya no iba a tener molestias, que solo quedaba salir. En esa sala, en la que estaba la rubi, siempre hubo tanto amor para los pacientes… tanta comprensión. Tanta empatía.

Mi rubi llora con facilidad calzándose los zapatos de otro rápidamente. Siente el dolor ajeno como propio y le brotan lágrimas a la primera de cambio. De la misma manera, mi rubi se emociona como nadie con la buena suerte de los demás.

Hoy, mientras yo le explicaba a Ángeles lo que había salido en la prueba que le acabábamos de hacer y de la que ella no recordaba nada gracias a la sedación, ella muy atenta con sus 86 años, mi rubi iba repitiendo mis palabra en un idioma más comprensible para los no médicos, más compresible para Ángeles, acompañado de amor y esperanza, de buena energía.

Dos besos le he dado cuando me he despedido de ella. Hay que ver que médica más joven y guapa, le decía en confidencia Ángeles a Isica.

Usted si que es guapa.

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