326º fragmento  – Y si vamos al de España absoluto…?

Salta el WhatsApp en mi reloj. Estoy haciendo endoscopias. Kapurro. Es raro que a esta hora me mande un mensaje.

Nuestras miras ya están puestas en Sabadell y en San Sebastián, campeonatos de España sub18 y máster respectivamente. Habíamos intentado hacer una marca aceptable para poder optar a ir al Nacional Absoluto, pero 4:37 no esperábamos que entrase.

“Tú estás en la lista del 800 y Daniela en el 1500”.

Yo estaba trabajando doble turno, mañana y tarde. No vería a Daniela hasta la noche. No sabía que hacer, si confirmar o no. Demasiado viaje, la otra punta de España, a solo un fin de semana de su campeonato… pero como decir que no a estar en el evento nacional del atletismo con mi hija.

31 años nos separan. Y sin embargo, Sevilla, con un cuerpo similar al de Daniela, con 16 años y medio, y haciendo entonces combinadas, reaparece ante mí. Un absoluto con una edad en la que no tenía opciones de nada, pero sí ganas de todo. Ver a tus ídolos de cerca. Compartir salida.

¿Qué quieres tú? Y aun dudamos.

Pero la duda se desvaneció cuando su padre y ella, repasando la lista de inscritos, vieron que yo también figuraba en la del 1500. La misma prueba. Las dos. Tal vez la última oportunidad de compartir la emoción de competir juntas en un campeonato semejante, en una pista que a las dos nos trae muy buenos recuerdos, donde ella fue subcampeona de España y batió el récord andaluz de 1000 m.

Pues vamos.

10 días quedaban para estar en la salida.

La semana antes de ir ha sido de locura. No había entrado en nuestros planes. Los exámenes de Daniela, mis jornadas de trabajo, encontrar la forma de ir a Ourense, y el revuelo que se formó en torno a un hecho insólito: la coincidencia de una madre y una hija en una semifinal de 1500 en un campeonato de España Absoluto.

Sabíamos a lo que íbamos. Sabíamos que el viaje y estar allí, en ese momento, era un premio. Ella por joven, yo por mayor, a edades en las que no nos corresponde estar en ese lugar, pero donde las circunstancias, el trabajo, la ilusión del puede ser y nuestro amor por este deporte, nos llevó.

Cómo decir que no.

No pude evitar las lágrimas haciendo las últimas rectas antes de salir en la carrera.

No pude proteger a Daniela lo suficiente de todas las emociones que se agolparon en el cuerpo de “mi rayajo”.

No conseguimos evadirnos de ser el centro de atención por anecdótico, por ser ejemplo, por ser inspiración, o por todo lo contrario.

Mis nervios, los de carrera, los de querer correr lo mejor posible, se habían desvanecido en parte en el cansancio de un viaje que nos llevó un día, y en la atención disipada en mil cosas que no eran correr un 1500.

Ella a mi lado apenas se sentía las piernas. La una al lado de la otra, en esa salida tan especial, fue como un bálsamo para aplacar los nervios de ambas.

No fue la carrera soñada, aunque el momento si lo fuera. Queríamos hacerlo mejor, pero tal vez había demasiado ruido como para poder hacerlo. Yo pelee un poco más que ella. Ella desconectó incluso antes de empezar, incrédula por verse allí.

Crucé la meta y miré atrás. Y ella estaba demasiado lejos. Y mi marca no había sido buena. Y la carrera había sido un desastre de tropiezos y luchas, y desequilibrios, y no saber dónde estaba, y no poder mirar atrás para no caerme… Y llegó con una decepción de “vaya puta mierda”  que pudo leerse en sus labios, y que se desvaneció en el momento en el que la emoción de saber que esto es solo el comienzo inundó de nuevo nuestros corazones.

Irrepetible.

Ahora vamos a por la del 800.

PD: no puedo dejar de ver una y otra vez el vídeo de la RFEA.

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