Dependiendo del día que regaran con formol, estar en la sala de las 20 camillas metálicas sin colchón y con desagüe, se hacía insoportable o tremendamente insoportable. Nunca nadie nos dijo que usáramos mascarillas ni gafas para protegernos. Una bata sobre nuestra ropa de calle y unos guantes de látex impregnados en polvo eran todo el material que necesitábamos para enfrentarnos a horas de disección.
Los frascos que ahora tenemos para recoger las muestras y mandarlas a anatomía patologica ni siquiera dejan escapar una gota de formol, ni lo exponen al exterior. Hace unos años rellenábamos frascos desde garrafas de plástico con grifo incorporado (como las de agua) y no era raro que más de una vez se derramara y quedara la sala con ese olor que quería meterse más por los ojos que por la nariz e impregnaba todo. Pero eso fue antes de que el formaldehído se relacionara con cánceres como la leucemia o tumores cerebrales.
Recuerdo perfectamente la impresión que me produjo entrar por primera vez en esa sala infinita, fría como el peor invierno, con luz blanca que hacía daño, donde se almacenaban en bidones enormes, partes del cuerpo humano que luego serían disecadas (caderas, cabezas, rodillas…) para aprender de la forma más precisa la anatomía que inundaría prácticamente todas las horas de nuestro segundo año en medicina. A partir de los bidones, se disponían las camillas perfectamente separadas y alineadas, cada una con su cuerpo cubierto por una sábana blanca humedecida en formol.
Cada 10 alumnos formábamos dos grupos que compartíamos un cuerpo, la mitad derecha para ellos, y la izquierda para nosotros (salvo cuando se trataba de un órgano no par). Por las tardes los profesores del departamento de morfología hacían la disección en uno de los veinte, y el jefe y/o subjefe de equipo (elegidos por las notas del curso anterior) anotaban todos los datos para al día siguiente trasladar todo lo aprendido (músculos, inserciones, recorridos de nervios, vísceras…) al resto de los mortales.
Nuestro cuerpo había pertenecido a una mujer de una edad difícil de calcular, porque con el formol todos los cuerpos adquirían un color y una consistencia semejante al jamón curado, despojándolos de toda humanidad. De una forma solemne y casi pidiendo perdón por lo que estábamos a punto de hacer, la bautizamos con el nombre de Tecla, la santa que figuraba debajo del número del calendario de pared del día que comenzamos a profanarla. La tratábamos con sumo cuidado, agradeciendo que hubiera donado su cuerpo para que nuestras torpes manos fueran manejando bisturíes, pinzas y escalpelos, desentrañando los misterios de nuestro interior.
El primer día entramos con respeto, casi miedo, en silencio, impresionados sobre todo por los cuerpos desmembrados que servían para practicar técnicas quirúrgicas antes de llevarlas a cabo en un cuerpo con latido.
La anatomía nos salía por los ojos, llevábamos el libro de hojas de papel de biblia a todas partes, repasando entre estación y estación de metro, aprendiendo el vocabulario correspondiente a poder defenderte en dos idiomas distintos (con lo poco que me ha gustado a mí memorizar).
Aun recuerdo el olor, el picor de ojos, el dolor de garganta, la nariz roja por el frío y el moquillo que caía, las manos con las palmas levantadas por una extraña alergia a los guantes que luego desapareció…
A final de curso entrábamos a la sala como quien entraba a una cafetería, con el sándwich en mano si no nos había dado tiempo a comer después de las clases teóricas, aprovechando el tiempo. A todo te acostumbras.

