65º fragmento -He elegido ser rica

Una de las cosas que me hace más libre es no desear casi nada material.

Hace tiempo que mis necesidades básicas están cubiertas y tengo la gran suerte de no ser esclava de modas, marcas, últimos modelos, viajes escandalosamente caros, restaurantes de varias estrellas, vinos, y últimas tecnologías (entre otros caprichos usuales en el mundo en el que me muevo).

No me preocupa para nada la ropa. De hecho, la mayoría de marcas creo que las desconozco o no me llaman la atención, así que cuando me compro algo es porque lo necesito (en un sentido amplio, porque necesitar seguramente no necesitaría más de lo que tengo), y entonces si que hago mi propia balanza calidad/precio, en la que creo moverme en un término medio. Pero lo reconozco, soy bastante austera (según quien me juzgue, también hay que decirlo), que no tacaña (tengo vaqueros de Salsa), pero voy a gusto con mi outfit (particularmente el deportivo). Me encantan los vaqueros y la ropa casual, hasta tal punto, que a veces siento que desperdicio mi silueta resultado de mi querencia por el atletismo (aunque para algunas mi cuerpo sea andrógino y parecido a un arenque o mojama -depende del mesociclo en el que me encuentre entrenando).

Cuando hace 14 años nos trasladamos a nuestro piso en plena burbuja inmobiliaria, apenas teníamos para poder pagar la hipoteca que se había puesto por las nubes (Euribor a más de un 5%). Así que, con una barriga de 7 meses, una cocina y una cama, comenzamos a vivir en una casa que parecía deshabitada.

Primero entró el sofá, un mes y medio después de mudarnos, puesto a cómodos plazos, y luego, unos cuantos muebles de Ikea para que no nos llegaron ni para que dejara de escucharse el eco retumbando en las paredes, y lo indispensable para la nueva personita que en menos de un mes formaría parte de nuestras vidas.

Hoy, sentada en la cocina tomando café, levanto la vista y observo la estantería Kallax 182 x 182 que habíamos encolado y dejamos ahí por no poder sacarla sin destrozarla cuando pusimos el dormitorio de las niñas. Está llena de cosas. La mayoría de ellas cosas inútiles. Cosas que no he utilizado en más de 5 años (y me quedo corta). Y absorta en este pensamiento de tener basura ocupando media cocina, he ido recorriendo mentalmente todas las habitaciones de nuestro piso de tres dormitorios, y he llegado a la conclusión de que hay basura en todas las habitaciones, ocupando un espacio que bien podría estar despejado, libre de polvo y recovecos. Es más, he ido en un viaje astral de sobremesa a la casa de mi madre, donde solo habita ella, y le ocurre lo mismo. Cajas y cajas de cosas inútiles, cajones de donde nunca cogerás nada, armarios de ropa que tal vez use algún día (hace más de 15 años que no). Hemos tomado café, mi madre y yo, y hemos quedado en desprendernos de todo lo que no necesitemos, así que andamos viendo como funciona eso del Vinted, el Wallapop, recogida de enseres y cosas similares. Nos renovaremos y haremos promesa de no volver a acumular.

No deseo nada más de lo que tengo, y eso, es ser tremendamente rica. No ansío un coche mejor, ni joyas (no me hacen ninguna ilusión en absoluto), ni espectáculos caros, ni restaurantes con estrella Michelín. Vivo tranquila, haciendo lo que quiero hacer, con mis hijas en un colegio público porque estoy convencida de que no hay mejor enseñanza para vivir la vida que quiero que vivan, con tiempo para mi familia y para mi vida extra, la que no es mi trabajo (mi trabajo en la sanidad pública, que también me encanta), con unas vacaciones al año y alguna que otra escapada, ahorrando para el que será el viaje de nuestras vidas, con nuestros caprichos electrónicos de poca monta…

Renuncié a ganar más dinero, a entrar en la rueda en la que parece que nada es suficiente: una casa más grande, un coche con nombre de mujer, colegios privados, viajes a tutiplén, joyas que decoren mi cuello y mis orejas, peluquería día sí y día también… a costa de mi tiempo.

Elegí ser rica en muchas cosas. En casi todas las importantes.

Deja un comentario