No me digas lo que tenía que haber hecho cuando ya supiste que la otra opción no ha ido como esperaba, porque es lo mismo que jactarse de un 10 en un examen, si antes tuviste las respuestas.
Daniela entra en meta contenta de su actuación, pero enseguida todas las ideas negativas se agolpan en su cerebro, sin esperar una a la otra, todas a la vez, riéndose de ella y de cómo no supo verlo antes, haciéndola tonta y desgraciada. Y después de la alegría inicial a pesar de no haber pasado a la final, se siente desgraciada. A pesar de haber quedado a las puertas de una final en un nacional sub16, siente que no ha sido suficiente, porque las ideas negativas son así, difíciles de parar cuando se enciende la mecha del que habría pasado si. Porque esta misma carrera que acaba de concluir habría sido increíble si hubiera pasado a la final, pero ese no fue el resultado, se quedó a 5 décimas.
Independientemente de que de forma injusta saliera despedida en la segunda curva de la carrera, ella ha luchado hasta el final y no ha podido ser. Un lance de la carrera de mediofondo más que discutible, pero como otros tantos que ha vivido y vivirá (este más descarado, tal vez).
“Tendría que haber corrido el 1.000, clasificarse para la final ha estado mucho más fácil” dice ella, pero eso es mentira. Sabíamos a priori que podía haber más posibilidades en esa prueba, pero aun sabiéndolo, ella quiso enfrentarse al 600, porque le gustaba más, porque no íbamos pensando en dónde era más fácil pasar a la final, sino dónde era donde ella quería correr. Y así lo hizo. Ni si quiera a toro pasado yo me atrevería a decir que ella podría haber pasado a la final del 1.000 aun viendo las marcas que han realizado en las semis, porque un número final separado por puntos, no describe como fue la carrera, ni los tropiezos ni empujones, ni los cambios de ritmo, ni quedarse encerrado…
Una clasificación para la final no te la asegura tener la mejor marca de las participantes (si fuera así, no habría eliminatorias ni semifinales). Tú piensas como la correrás, pero hay siete más que están pensando en cómo la correrán. Se convierte por tanto en un evento con variantes infinitas, en las que habrá más imprevistos que predicciones aseguradas; dónde no importará todo lo que tu hayas pensado, si nada ocurre parecido a lo que imaginaste; donde tú quieres ocupar una posición que también querrán al menos cuatro más de tus contrincantes; dónde habrá lucha cuerpo a cuerpo para ocupar el espacio deseado para estar lista cuando se desate la batalla final; dónde las fuerzas están tan al límite, que no sabes si llegarás a la recta final con las fuerzas suficientes para adelantar, para que no te adelanten, o para no caerte antes de cruzar la línea de meta…
Nada es predecible. Y aun así, a los que observamos desde la grada, nos encanta opinar sobre lo que tenía que haber hecho quien corría y tuvo que tomar una decisión en menos de un segundo para algo que probablemente no tuviera planeado. Nos convertimos en expertos con comentarios que no suelen servir para absolutamente nada, sino para hacer sentir a quien se “equivocó”, aun más desgraciado.
De esta forma, no nos queda otra que aceptar que solo correremos bien cuando consigamos nuestro objetivo , y extraordinariamente bien cuando consigamos más de lo esperado (eso sí, a los ojos de los expertos).

