Esto fue lo que propuso Victor Kuppers cuando le preguntaron cómo haría para que sus hijos crecieran felices, con lo que él los ha machacado desde que eran unos cocos para dejar sus mentes impregnadas de lo que él considera esencial para que la mayor parte de tu vida transcurra en los brazos de la felicidad, esa que no debe ser un fin en sí misma, sino el resultado de una vida plena y vivida con unos valores y principios que te harán ser una persona mejor.
Y es que si me pongo a pensar en cuando yo estudiaba psicología en primero de carrera, con un cerebro inmaduro y al que estos asuntos tal vez no le importaran demasiado, recuerdo sobre todo lo que tenía que ver con la investigación de traumas y vivencias que habían llevado al individuo a padecer, o a predisponerlo a una determinada enfermedad, o rasgo de la personalidad. Y de esa forma, tras el reconocimiento del gatillo que disparó conductas erróneas, se empezaba a trabajar. De alguna manera trataban de sacar ese dolor enterrado.
Se hablaba además de la consolidación del carácter a edades tempranas, antes de los 5 años, haciéndote un esclavo de por vida de algo sobre lo que era imposible que hubieras tenido alguna responsabilidad. Por una parte la genética, azarosa y determinada por los genes que se formaron durante la meiosis de la unión del óvulo con el espermatozoide; por otro, el entorno en el que te tocó vivir cuando eras un niño. Esto te da una excusa perfecta para justificar acciones, “Porque yo soy así y no puedo cambiar. Si lo quieres lo tomas, y si no lo dejas”. Así te hicieron tus vivencias, incluso aquellas que eres incapaz de recordar, pero que quedaron grabadas en tu subconsciente, en el que solamente podrás escarbar con la ayuda de un psicólogo o psiquiatra especializado en cosas como la indefensión aprendida y la psicopatología. Terrible. Desesperanzador. Necesitaríamos de años de terapia para deshacernos de nuestros fantasmas y poder ser libres, o aprender a vivir con ellos sin que nos suponga arrastrar una tristeza de forma indefinida.
A través de El Hormiguero conocí a la hija de Eduardo Punset, y tiempo después, a Mario Alonso Puig. Llegó a mí, y sin saberlo en ese momento, la psicología positiva.
Cuando uno de los mayores expertos en psicopatología, Martin Seligman, se cansó de hurgar en el sufrimiento humano y sus motivos como fuente necesaria para comenzar la sanación o al menos comprenderlos… Acuñó el termino y comenzó a investigar sobre lo que llamó así, psicología positiva. Se situó al otro extremo de a lo que había dedicado su vida para estudiar las fortalezas y virtudes humanas.
El optimismo se puede aprender.
Resulta que tú puedes trabajar para ver la vida de una forma mucho más optimista. El optimismo se trabaja, se entrena, se busca… Así que malas noticias, se te acabaron las excusas y se descubrió el escondite en el que justificar comportamientos con los que no te sientes satisfecho, maneras de ver la vida que te dañan y el pesimismo que todo lo torna gris.
Así que, buenas noticias. La felicidad no está reservada para unos pocos privilegiados en los que en la suerte del reparto del ADN le tocaron todos los genes optimistas y además crecieron en una familia idílica y rodeados de buenos mentores. La felicidad al alcance de todos.
Bondad, alegría y hacer extraordinariamente bien las cosas ordenarías. Es fácil de recordar como guía para ser feliz.
Ser compasivo, que el sufrimiento ajeno no nos sea indiferente; que el buen humor esté presente desde que pones el pie en el suelo a primera hora de las mañana; y que pongas toda la carne en el asador en cualquier tarea que quieras emprender o que se te encomiende.
Fácil. A entrenarlo.

