9º fragmento -la vergüenza de la primera vez

“¡A sus puestos!”, y yo camino hacia los tacos de salida colocados en la calle 5 para correr un 400.

Han pasado dieciséis años desde que colgué los clavos de atletismo, justo cuando empezaba la residencia de Aparato Digestivo en Almería, truncando por segunda vez en la misma vida mi sueño de ser olímpica algún día. Otro cruce de caminos.

Mientras avanzo, pienso en mis cuarenta años, en mis tres hijas, en el top del C.A. Ciudad de Almería que llevo (dejando ver mi abdomen aun deformado por el último embarazo), en las bragas de competir que ahora se me antojan como una faja, en mis extremidades aun sin la forma que se le presupone a una atleta y en aquellos que compartieron entrenamientos conmigo hace más de 20 años y hoy miran expectantes. Siento vergüenza, nervios, y ganas de ponerme la ropa e irme a casa en esta mañana de sol frío de 20 de enero en la pista anexa al estadio de los Juegos del Mediterráneo.

El sentimiento se aproxima al que tenía cuando competía con 22 años y los nervios se hacían tan físicamente dolorosos que era inevitable preguntarme por qué no me había quedado en mi casa estudiando, en lugar de estar en la pista del Turia dispuesta a sufrir por alguna razón que en ese momento no alcanzaba a comprender.

Sin embargo lo debía de saber, porque repetía. Era por la sensación futura, por el placer que se experimenta cuando te has propuesto un reto y lo has conseguido. Esa felicidad es un amnésico potente de todos los malos ratos que haya podido haber, de cualquier sufrimiento. Esa alegría hace que cualquier cosa haya merecido la pena.

“Pero, ¿y cuando no lo consigues?”. Es verdad, no es solo por eso, no es por el logro final. Es por el inmenso placer de haber conseguido darlo todo, sin guardar nada, demostrando todo lo que has trabajado y luchando hasta el final. Es por eso que menos se ve, eso que tal vez nadie vea. Es por tener la capacidad de enfrentarte a tus miedos e ir a por ellos haciéndote más grande.

Llevo unos clavos que me he comprado por internet. Me sobra un dedo. Al oír el disparo, me he levantado de los tacos sintiendo el dolor en mis articulaciones, apenas consiguiendo empujar lo justo para ponerme en pie y seguir corriendo los próximos 398 m (pero es que no pienso salir de pie). He terminado bloqueada por el lactato acumulado en mis piernas los últimos 100 m, y solo he conseguido correr en 1.03.92. Solo.

Ese fue mi punto de partida. Esa fue la chispa que inició el fuego. Fue el límite que quería rebasar (lo dije, nunca supe moverme sin saber el destino). Desapareció la vergüenza, apareció el cualquier cosa es posible, el por qué no, las ganas de vivir intensamente siempre, el hacerlo por lo que me hace sentir sin preguntarme si eso le importará a quien me esté juzgando desde su prisma.

Lo mejor: el trasvase de todo esto a cualquier reto no atlético. El aprendizaje exportable.

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