7.00 am de la mañana de un jueves de feria, agosto y vacaciones.
Mi despertador sonó 5 minutos antes porque siempre me gusta empezar a hacer el café un poco antes de la hora en punto. Un pis, lavado de manos y cara y directa a poner la cafetera italiana.
Ayer decidimos entrenar por la mañana, a primera hora, y es que tampoco tenemos mucha opción en horario matinal, porque el césped de la pista del anexo del Power Horse Stadium (Estadio de los Juegos del Mediterráneo en grande hasta hace poco, y en pequeño desde hace poco más de un mes) está ocupado por la UDA Almería de 9.30 a 11.30, con una necesidad innegociable de cerrar el acceso al publico (atletas incluidos) para que nadie pueda ojear, husmear, anotar, espiar, o copiar sus jugadas. Así que, entre las 8 de la mañana o las 11.30, de un mes de agosto en Almería, para entrenar cambios de ritmo durante media hora, más la movilidad de después… elegimos no morir insoladas y deshidratadas. Y madrugamos.
Es la pretemporada, y no entrenar ni siquiera es una opción que pase por nuestra cabeza. Y es que si una cosa tenemos clara es que si nos ponemos a hacer algo, lo hacemos bien, lo mejor posible, y todo importa.
Creo que fue en la película “Algo para recordar” en la que Tom Hanks recordaba a su mujer fallecida hablando para un programa radiofónico al que había llamado su hijo. Dijo muchas cosas preciosas de su mujer que no recuerdo, pero lo que sí se me quedó grabada es que podía pelar la fruta (creo que una manzana) de una vez, sin que la piel se le rompiera. Así era ella. Yo pensé que tampoco era un don tan espectacular, porque yo hacía eso mismo con casi toda la fruta y tan poco se necesitaba tanta maña para conseguirlo.
“Si te propones hacer algo, hazlo lo mejor que puedas”, eso es algo intrínseco en mí. Y si alguna vez no lo hago, es probable que sea porque no me motive una mierda y esté obligada a hacerlo por causas ajenas a mi voluntad. Pero incluso así, os puedo asegurar que es muy difícil que no ponga toda la carne en el asador (creo que la única vez que no lo he hecho ha sido por falta de tiempo, cuando ya no hay más remedio que elegir entre menos perfección o nada). Y la verdad, es que no tengo claro si se trata de un don o una desgracia, porque a veces, tanto buscar la perfección puede desesperar y llegar a bloquearte (me acuerdo de las láminas de dibujo técnico), así que, al final, creo que he conseguido un equilibrio, y puedo llegar a sentirme satisfecha con un 80% de lo que yo habría esperado (no siempre y depende con qué).
A las 8.00 salíamos dirección al estadio, andando con los rayos de sol de tonos rojizos reflejados en las nubes, bañándonos desde nuestra derecha, mientras caminábamos terminando de desperezarnos hacia el tartán, cruzándonos con taxis que aun volvían del recinto ferial, mezclándose con otros coches que se dirigían al trabajo, contentas de haber sido capaces de despegarnos de las sábanas para empezar el día haciendo lo que más nos gusta (que no por eso creáis que cuesta menos).
Hoy pelaba los melocotones que Juanma y Bi habían traído. El primero, lo he pelado sin que se rompiera la piel y me he acordado de la película, y he pensado en todo lo que esa habilidad podía decir de aquella mujer a la que solo se hacía referencia, y tan tierno quedaba cuando Meg Ryan escuchaba al otro lado de la radio. Y creo que es eso, que al final, sin querer, intentar que todo salga lo mejor posible se convierte en una rutina en la que ni si quiera tienes que pensar, como pelar un melocotón con cuidado para quitar la menor cantidad de pulpa posible a la fruta, y sin que se rompa la piel.
Y eso que a mí, los melocotones, me gustan sin pelar.

