141º fragmento -Mejor lo hago yo: error

Yo había vivido fuera de casa desde los 18.

Me administraba para hacer la compra, pensaba en lo que iba a comer a lo largo de la semana y me preparaba dos o tres ollas de comida los fines de semana, que luego guardaba en fiambreras en el congelador para ir sacando cuando llegaba de la facultad; limpiaba la casa de acuerdo con mis compañeras de piso; lavaba mi ropa, planchaba y tendía… Todas las labores que la niña tenía que hacer antes de ir a jugar en la canción, en mi caso, antes de ponerme a estudiar, o en los descansos, o antes de ir a entrenar. No hubo colegio mayor con pensión completa.

Así que cuando comencé a vivir sola de vuelta a Almería, eso que llevaba aprendido.

Cuando Alex comenzó a vivir conmigo, como novios, él se adaptó a mí.

Cuando salí unos días fuera de casa para asistir a un curso sobre endoscopia la primera vez, tras haber dado a luz a mi primera hija, no hubo nada que pudiera hacer que dejara de sentirme culpable por haber dejado a mi hija en casa, sola con su padre. Parece ser que yo pensaba que se le olvidarían mil cosas y que probablemente, mi pobre bebé, no podría sobrevivir, a pesar de que mi madre, como buena abuela materna, no dejaría de pasearse por nuestra casa y encargarse de ella mientras que el padre trabajara.

Tendemos, en general, y refiriéndome a las mujeres, a organizarlo todo.

Lo que se va a comprar para lo que se va a comer a lo largo de la semana; el lavado, tendido, planchado (yo no plancho, prefiero la arruga a gastar mi tiempo y dinero con la plancha, salvo extrema necesidad -bodas y similares-), colocar la ropa (la mía y la de los demás); peinar las cabezas de las hijas; limpiar la casa (cada una de sus habitaciones)… En general, tenía la sensación de que el gran peso recaía sobre mí, y en parte me declaro culpable de que así fuera, y aun así, fuimos evolucionando siempre para mejor.

Cuando no hacemos algo, es casi imposible que nos salga bien a la primera.

Yo pensaba (estoy segura de que lo hacía aunque no lo recuerde) que yo hacía mejor la compra, ponía mejor la lavadora, doblaba mejor la ropa, hacía mejor la comida, limpiaba mejor… y muchas veces prefería (prefiero) hacerlo yo, y por el mismo motivo, muchas veces prefería no ir a un viaje de trabajo y dejar a mis hijas, y menos aun a un viaje de ocio (aparte de por echarlas de menos).

Y sin embargo, todo es posible, y no está nada mal, cuando no soy yo quien lo hace. Mis hijas pueden ir al colegio aunque no sea como yo las habría peinado o con la ropa que yo les habría elegido; la lavadora hará su función aunque haya tenido que pasar por lavados con mezclas de colores o cambios de tallas; no se morirán de hambre sin mí; en algún momento se darán cuenta de que el suelo necesita fregarse, y si no, pues tampoco pasa nada; llegarán a sus actividades extraescolares aunque no sea con la antelación que las lleva la apretada de su madre; mis hijas colaborarán en casa porque saben que se les necesita… (y todo esto sin hablar de la ayuda de las abuelas y los abuelos). Así se empieza, para al final, acabar codo con codo

No soy tan imprescindible como yo creía. Nada imprescindible, más bien. Al final, todo funciona aunque yo no esté. Al final, todos hacen si tú le das la confianza suficiente para que hagan.

Y aunque probablemente sigo siendo la que organiza (la que manda, dice mi hija Martina, entre risas), ahora también delego (que también cuesta). Hemos alcanzado el equilibrio perfecto.

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