Entré por la cuesta de cemento al estadio de los Juegos del Mediterráneo (hoy Power Horse Stadium), a la pista de tartán Mondo que apenas albergaría dos campeonatos antes de ser pasto de gradas supletorias para el fútbol, encarando esa entrada como si fuera el mayor de mis logros atléticos, olvidando que llevaba casi 21 Km en unas piernas poco acostumbradas a largas distancias, para terminar los últimos 300 metros por la calle uno, bien pegadita a la cuerda de una pista olvidada para el atletismo, feliz de haberlo conseguido.
La cuesta abajo fue lo suficientemente pronunciada para que el impacto de las siguientes zancadas aceleradas, unido al cansancio acumulado en la hora y media previa de carrera, desconectaran el tono que el suelo pélvico debería estar ejerciendo para evitar el vergonzoso desastre que casi me hizo parar, porque no me lo esperaba.
En la meta me esperaban Alex, y la versión inicial de mi pequeña Daniela, que con dos años recién cumplidos, ya empezaba a tener consciencia de que el deporte en aquella familia que le había tocado era importante. Yo había comenzado a correr algunas carreras populares basando mis entrenamientos en un libro que encontré casi por casualidad y que solo he visto escrito en inglés: “Run faster, run less”, que me hizo deshacerme de todas las excusas para no ir a entrenar y seguir mejorando, teniendo las zapatillas siempre en la puerta, con un entreno más o menos programado en un calendario sacado del Word, realizado por las calles que rodeaban solares en espera de salir de la crisis que había junto a mi casa.
Nadie me contó que la parte inferior del contenedor de mis vísceras iba a quedar tan maltrecho después de un embarazo, un parto prolongado, y una episiotomía cuya cicatriz aun hoy me sigue doliendo. De eso no se hablaba, por lo menos no en mi entorno. Ni de eso, ni de la menstruación y su repercusión en el rendimiento deportivo.
Hacía dos años, en la cuarentena, yo ya había sido protagonista de un episodio similar cuando traté de saltar en una cama elástica para hacer un mortal, pero entonces creí que eso era porque aquello estaba “fresco”, y me había precipitado, como otras muchas veces, en hacer el tonto con un cuerpo que aun no reconocía como mío. Entonces pensé, que como evolución natural, la fuerza de mis músculos perineales, iría mejorando, y todo volvería ser como antes, cuando aun era nulípara.
Me mee de arriba a abajo mientras mis piernas no podían frenar para entrar en los últimos 300 metros de la media de Almería que finalizaría con un crono de 1 hora 32 minutos y 18 segundos, dejándome con una cara que reflejaba una mezcla de sufrimiento, felicidad y vergüenza, al mismo tiempo o de forma alternante. Y seguí corriendo. Y cada vez más rápido.
Nadie se dio cuenta porque iba vestida de negro, y porque todo el cuerpo se encontraba bañado en sudor, en una mañana no demasiado fría, soleada, de un domingo al final de un enero de Almería.
Fue entonces, y solo entonces, cuando fui consciente de que mi suelo pélvico también necesitaba de un entrenamiento (y a diario sigo con ello).
(Y para celebrarlo, me tomé una cerveza).

