Globero o globera, en el argot de los atletas que entrenábamos en la pista de tartán, no eran aquellos que iban vendiendo globos en la feria, sino las escasas personas que salían a correr a la calle con las primeras zapatillas que encontraban (ya podían se casual, de baloncesto, o las super famosas J´Hayber listas para todo), e iban a un ritmo que fácilmente podía ser superado si te ponías a andar a su lado. Eran, corriendo, lo que los domingueros como conductores. Nos reíamos de ellos y de sus camisetas de propaganda.
Yo fui globera poco después de empezar la facultad. Una vez desistí de entrenar las horas necesarias para continuar al nivel que había llegado, fundé mi grupo de globeros (casi todos del sexo masculino), con los que salía a correr una vueltas por el parque Norte de Madrid, que quedaba enfrente de nuestra facultad de diseño escandinavo, al lado del Hospital de la Paz. No recuerdo que los demás duraran mucho corriendo, pero durante un tiempo, fuimos aquellos a los que yo había mirado con cierto desprecio (poco, porque no soy yo de despreciar a nadie), cuando yo me consideraba una atleta destinada a ser élite.
Tras mi segunda incursión de tres años y medio en la pista, para correr 800, volví a ser globera, pero entonces ya habían pasado a ser runners. Mis zapatillas eran buenas, indagaba en las webs de foroatletismo y similares para ver las recomendaciones, llevaba un Garmin en la muñeca, ropa de deporte de la mejor calidad que había tenido en mi vida, y calcetines especiales para que no me hicieran ampollas. Al principio no preparaba ninguna carrera. Más adelante, cuando los runners comenzaron a ser una plaga en las mañanas de fin de semana en el paseo marítimo, y en las tardes de los laborables, buscaba carreras que preparaba como si jamás antes hubiera practicado atletismo. Salía a correr casi siempre por el mismo circuito: ida y vuelta a la universidad por el paseo marítimo de la Ribera desde mi casa (10.9 Km) que trataba de hacer cada vez más rápido (al principio me tenía que parar varias veces).
Como vi que el progreso no era el que yo esperaba, aunque podías encontrar innumerables planes genéricos para entrenar cualquier distancia entre los 5 y los 42,195 Kms, me compré un libro que me enganchó por su título de bestseller americano: “Run less, run faster” (entrenamiento cruzado – con natación, ciclismo o remo- alternando con 3 días de carrera: rodaje largo sostenido, series y rodaje variable controlado). Así conseguí correr la media de Almería en 1 h 32 min 18 seg en 2011. Esta carrera se convirtió en mi objetivo deportivo entre cada uno de mis tres embarazos.
Cuando volví a la pista en 2017, comencé con entrenamientos dirigidos, primero con Antonio y luego con Roberto. Ahora ruedo infinitamente más rápido que cuando tenía 15 años menos e intentaba hacer siempre el mismo recorrido cada vez más rápido.
Correr no solo se entrena haciendo kilómetros, y aunque yo lo sabía, parecía que era lo más sencillo cuando no tenía a quien me guiase, ni dedicaba tiempo a pensar en hacer algo más. Con el tiempo, nuestro cuerpo tiende a economizar y adaptarse a cualquier estímulo, dejando de progresar y funcionando con el menor gasto de energía posible. Nuevos estímulos generarán nuevas adaptaciones dirigidas a mejorar cada una de las capacidades que harán que aumente tu resistencia (fuerza, flexibilidad, resistencia aeróbica, umbral anaeróbico, consumo máximo de oxígeno…). Si quieres mejorar, necesitas a alguien que no solamente sepa que hay ejercicios varios, y series, e intervals, y fartlecks, y ritmos controlados, y cuestas, y pesas… Necesitas a alguien que haga la combinación y periodización perfecta para ti y tu objetivo.

