Se acumulan los desastres: hoy no pude entrenar.
“¡Mamá!, las trenzas!” 7.25 am.
“No puedo, hoy voy fatal”
Tengo día completo de trabajo y muchas cosas que llevar: mochila de entrenamiento perfectamente preparada; bolsa con ordenador y papeles pendientes que se acumulan; pequeña mochila que me cede Claudia cuando me ve harta de buscar una bolsa, para llevar la comida de todo el día, el agua y los mejunjes varios.
Corro por el pasillo, algo se me ha olvidado.
“¡Mamá!, me lo dijiste anoche. Que esta mañana me hacías las trenzas”.
Trenzas de boxeadora, que esta tarde tiene vóley y le ha gustado ese look para coordinar con sus rodilleras y que no le estorbe el pelo. Cierto, se lo prometí justo cuando se iba a la cama: “Si te levantas temprano y lo haces todo muy rápido, te hago las trenzas”
Miro el reloj, miro la cabeza de Martina, que se ha sentado en una silla de niños de Ikea para que me pille a la altura adecuada; cepillo y “líquido del pelo” preparado; gomas del pelo sobre la mesa. Miro de nuevo el reloj: 7.28, y las trenzas de boxeadora hace un tiempo que no las practico. ¡Vamos allá!
Hago el cambiazo. Las de boxeadora, hechas pasando el pelo por debajo, me costarían media mañana y un millón de gritos. Opto por las de raíz de todas la vida rezando porque no se de cuenta de que no sobresalen mucho. Empezamos. Después de no sé cuantos no me tires del pelo, me haces daño y demás, consigo acabar unas trenzas que no son mis mejores, en 15 minutos. Se levanta. Se va a mirar al espejo y yo cruzo los dedos. Le encanta.
“Ahora me toca a mí”, dice Claudia mientras se aproxima con una coleta mal hecha. Tiemblo y respiro profundamente para tratar de convencerla de que no puede ser. “Pero yo solo con un poquito de pelo, como la de ayer”. ¡Estupendo! Esa solo me lleva un par de minutos.
Cuando salgo por la puerta ya voy sudando y con un acelero en el cuerpo del que tengo que hacerme consciente para empezar a conducir más tranquila. Ahora solo queda el estrés de encontrar aparcamiento cuando llego unos 5 minutos más tarde de la hora en la que todo empieza a moverse.
El día siguió como empezó.
El día se llenó de trabajo de principio a fin.
Hoy eran las 20.55 cuando salía de trabajar cargada con las mismas mochilas y la misma bolsa con las que salí de casa. Hoy no hay entrenamiento. Hoy el cuerpo se arrastra para volver a casa.
Y ni si quiera vi a Claudia despierta.

