188º fragmento -Seguiremos bailando

Estar con clínica respiratoria durante más de una semana empieza a ser cansino. Van transcurriendo las fases de un resfriado que es algo más que común, y pasamos de la odinalgia y malestar con febrícula, a las secreciones respiratorias más o menos abundantes, el mal cuerpo que no se va y que se centra en músculos y articulaciones, y la tos omnipresente, sobre todo en momentos menos adecuados y para desvelar las noches (ya son tres sin apenas pegar ojo). Y a pesar de todo, la vida sigue tan normal.

Semana echada a perder, o bien mirado, de descanso casi obligatorio, con mínima activación, sin quedar más remedio que sobrellevar la desesperación que produce no estar el 100% en cuanto a condiciones físicas (quizás ni si quiera a un 70%).

Y todo esto dura ya 9 días, con reemplazo de síntomas, desaparición de unos y aparición de otros, coincidiendo con un viaje a Atapuerca para ir al cross, unos días de trabajo sin parar, un viaje a A Coruña para asistir al nacional de Endoscopia Digestiva que siempre sirve para dar un empujón a la motivación necesaria para hacer de tu trabajo mucho más que una rutina, y la vuelta a Sevilla para rencontrarme con los míos y asistir a Itálica.

Los viajes a eventos relacionados con el trabajo me hacen especial ilusión cuando aun estoy lejos de la fecha en la que se producirán. La semana antes esa emoción vira a agobio y sensación de atropello por todo lo que supone encajar tres días de ausencia en la rutina personal, profesional y familiar, la preparación de la maleta con lo absolutamente necesario para no tener que facturar, y el vuelo, del que lo único que me gusta es el tiempo que paso en el Adolfo Suárez cruzándome con infinidad de gente dirigiéndose a mil destinos distintos, y tomar un café o una cerveza en las cafetería de turno, donde cobran hasta por respirar. Es una sensación extraña. Me gusta formar parte de esa marabunta que por un momento cruza sus vidas llevando trayectos tan dispares, me gusta imaginar a qué se dedica cada uno, me gusta ver la torpeza de los que vuelan por primera vez, y la desenvoltura de los que lo hacen como si cogieran un autobús, los distintos atuendos, las familias al completo buscando la puerta de embarque… Una cotilla de aeropuerto.

Alejarte de la rutina te permite, a veces, mirar tu propia vida con perspectiva. No ha sido así en esta ocasión, en la que la agenda ha estado tan ajustada que los días han transcurrido sin tiempo nada más que para lo imprescindible, y en los que el malhumor que acompaña al malestar que produce esta leve enfermedad que se dilata ya demasiado en el tiempo, te quitan las ganas de casi todo.

Aun así, siempre te traes algo, aunque sea fruto de una corta conversación que tuviste con alguien que hacía mucho tiempo que no veías, aunque sea por compartir un espacio y tiempo fuera del trabajo en el hospital con tu jefe y tu compañera y amiga. Te reafirmas en lo que creías o se abre la puerta a nuevas opciones que ni si quiera te habías planteado. Hay que estar dispuesto a todo, o como decía Fran en una de las charlas, en esto de la endoscopia (y en todo), conviene estar abierto a todo, siempre dispuesto a aprender y a cambiar conceptos que creías inamovibles.

Seguiremos bailando.

Deja un comentario