17º fragmento -Casos inexplicables. La esperanza

Dice Álvaro que en medicina todo es mentira.

Y es que puedes estudiarte todo lo que quieras, que la incertidumbre y los casos inexplicables aparecerán cuando menos te lo esperas. La incertidumbre la acepto. Tengo un paciente con sus síntomas, aplico el teorema de Bayes sin saberlo, lo encuadro en unos posibles diagnósticos y hago las peticiones de las pruebas que creo resolverán la ecuación. La mayoría de los casos se resuelven así. Mientras tanto, empezamos con los tratamientos empíricos, que luego cambiaremos o no cuando tengamos el diagnóstico final, porque a diferencia de House, cada prueba lleva su tiempo, y porque ni siquiera los pacientes que ingresan en el hospital se libran de las listas de espera (aunque estas sean menores que para los ambulatorios).

Martín se había ido de viaje tras casarse con su novia de toda la vida. No había cumplido los treinta y tenía una salud de hierro. No bebía ni siquiera lo normal, ni fumaba un pitillo. Tenía ojos azules y pelo que quería ser pelirrojo. No sé si llegó a acabar la luna de miel, pero sí sé que apareció por urgencias con una barriga que había doblado su perímetro en menos de dos semanas. Ascitis. Al pinchar la barriga el líquido no nos gustó. Tenía un color lechoso y mayor densidad que las patologías más benignas. La sospecha inicial, un cáncer. El corazón te da un vuelco, porque has empezado a acostumbrarte a que los mayores de 70 puedan tener un diagnóstico tan doloroso, pero nunca lo estaré para aquellos que son menores que yo.

Semanas de pruebas buscando al maldito no dieron con él. Seguíamos con una barriga llena de líquido blanco que teníamos que sacar cada semana (unos 10-12 litros), por donde perdía gran parte de su energía, quedándose sin músculo y dejándolo con un aspecto extraño de extremidades delgadas y abdomen de batracio. Repetimos pruebas, hicimos algunas que ya parecían haber desaparecido de nuestro arsenal diagnóstico hacía décadas, las repasamos una y otra vez… y nada. Se fue de alta a casa, cansado y aburrido, esperando que en algún momento el bicho atacara, con una alimentación especial que supliera las pérdidas calóricas y con paracentesis evacuadoras cuando fuera preciso en urgencias. Llegó a formar parte de nuestra familia. Lo conocían todos en urgencias y en nutrición, y lo veíamos en las consultas cada mes sin ninguna novedad.

Yo era residente. Un día pasando la consulta, apareció por la puerta. Sin barriga y con un aspecto magnífico. ¿Vienes de urgencias? No. ¿Entonces?, llevas meses sin venir (imaginé que había ido a Pamplona y allí habían sido más listos que nosotros). Fui a una bruja, desesperado, cuando ya todo estaba perdido (imaginaos mi cara). La bruja: “A ti alguien te quiere mal. Tu mujer estará embarazada, y será una niña. Cuando lo sepas, te pondrás bien”. Martín: “Tenemos una niña. No me pincho la barriga hace meses”. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Él me miró un poco avergonzado por creer. Yo no supe que decir y solo pude abrazarlo.

Una aguja en un pajar. Entiendo que la esperanza sea lo último que se pierde.

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