Yo conocí a House antes de ver la serie.
“Entonces, ¿qué es usted?, ¿una maleta que la traen y la llevan y no se entera de nada?” Quise hacer un agujero en el suelo y meter la cabeza, o salir corriendo y no volver nunca más a aquel servicio de medicina interna de un hospital de Madrid.
Dos doctores de prestigio, dos residentes (uno grande y otro chico), 3 estudiantes de medicina y una enfermera ocupábamos la habitación en la que vivía aquel paciente desubicado, perdido, sin fuerzas, sin conocimiento de sus enfermedades y mucho menos de la medicación que tomaba. Pero es que, aunque hubiera sabido alguna de las respuestas, la falta de reflejos propia de la edad que ostentaba no le habría permitido responder a la ametralladora que tenía por boca aquel ser encorvado, cetrino, repeinado, con un fonendo colocado en el cuello y un perfecto apellido de renombre grabado en el bolsillo superior de su bata. Creo que además se frotaba las manos, regocijándose del mal rato que estaba haciendo pasar a aquel paciente indefenso (o tal vez así lo haya adornado mi memoria, porque también recuerdo un rabo rojo asomando bajo su bata).
Los estudiantes temíamos que nos tocase aquel servicio de medicina interna para realizar nuestras rotaciones porque contaban que era como vivir continuamente examinados, en tensión, sin posibilidad de relajarse ninguna de las 4-5 horas que estábamos allí, en un ambiente hostil. A mí eso me pareció lo de menos.
“Señorita, parece que tiene usted mucho tiempo libre”, me dijo un día señalando la marca de sol de mi camiseta de manga corta resultado de mis entrenamientos a las seis de la tarde. Me había marcado como derrochadora de tiempo.
Aprendí mucho. Aprendí sobre todo cómo no se debe tratar a nadie, y menos aun a aquellos que han perdido su bien más preciado y ponen en nosotros todas las esperanzas para volver a ser como antes de convertirse en huéspedes de un lugar frío y con olor a medicina aliñada con todo tipo de efluvios humanos, de comidas insípidas y colchones ahuecados en su centro.
Y es que dar consuelo y esperanza es tan fácil y tan gratificante… Y es que hacerlo es tan bueno para quien sufre…
En nuestra sala de endoscopias es raro quien no entra con nervios, miedo o una mezcla de ambos. La sospecha de la innombrable empeora aun más las cosas. Me tomo mi tiempo, saludo, creo saber que tipo de persona tengo delante, si puedo bromear, si tengo que ser más seria, si las confianzas pueden ser mayores… creo que el tiempo te va dando eso, ese sexto sentido para saber que necesita cada uno.
Mª Carmen, la del fragmento anterior, tiene ese sentido aun más agudizado que yo (la envidio). Creo que es bruja, que puede intuir los pesares y mayores miedos de la gente. Ella ejerce de confidente o de consejera en esos minutos previos al sueño obligatorio de la sedación, cuando los nervios de repente se destensan.
Ella les sigue hablando con dulzura mientras se marchan mecidos por Morfeo, intentando dejar grabado en sus mentes un mantra con el que quizás consiga que despierten felices y descansados, exentos de las preocupaciones con las que entraron.
