13º fragmento -¡Cuidado!, que te imitan

“Mamá, estoy escribiendo historias en una libreta que me ha dado papá. Son historias que se me ocurren”, dice Claudia con sus 5 años. Lleva bajo el brazo un portafolios con hojas rayadas y yo estoy a punto de salir por la puerta llevándome a su hermana para hacer la compra en el Lidl (que con eso del minihuerto, ya no existe otro supermercado donde ir a comprar). “Luego, antes de acostarme, te lo dejo para que lo leas”.

No conozco motivación más potente, para hacer las cosas con sentido, que sentirme observada por mis hijas. Y es que he descubierto que son unas imitadoras buenísimas de lo malo, pero también por suerte, de lo bueno. Así que nunca desee tanto como ahora actuar conforme a los valores humanos que creo deben guiar nuestro comportamiento, con independencia de cualquier religión o creencia, aquellos que resultan inamovibles con el paso del tiempo. Y no resulta sencillo ser ejemplo, pero incluso cuando se cometen errores pueden servir para explicar cómo podría haberse hecho mejor.

Quiero que crezcan para ser buenas personas (demasiado general), con la capacidad de escucharse, descubrir qué es lo que quieren, cuales son sus miedos y por qué. Que se sinceren y sean sinceras con los demás; que puedan calzarse tus zapatos antes de juzgarte; que amen con intensidad y lo digan mil y una vez -puedo ser muy pesada diciéndoles te quiero (Martina siempre termina ganándome a la hora de irse a la cama); que se sientan agradecidas… hay tantas cosas por las que sentir gratitud (desde que lo escuché en El Hormiguero, cuando ya estoy en la cama, boca arriba -que es la fase previa al sueño- trato de recordar cosas por las que debo sentirme feliz).

Las educo para que saquen su mejor versión, pero sin ser prepotentes. Que sepan reconocer que hay personas que pueden hacer las cosas mejor que ellas, y que eso es una suerte, porque la interdependencia hará que esos talentos se multipliquen al unirse.

Quiero que aprendan a realizar sus elecciones, sabiendo que todo tiene su consecuencia (buena o mala, a veces no podemos saber cómo será el resultado); que no se les caigan los anillos cuando tengan que pedir perdón; y que tengan la paciencia suficiente para no rendirse e ir por aquello que se propongan.

Yo no soy creyente, o al menos no sigo ninguna religión. Creo que lo que nos une y lo que tiene que guiar nuestro comportamiento está por encima de cualquier dogma. No hay nada más sencillo que tratar al otro como te gustaría que lo hicieran contigo. Lo sé, está tan repetida que parece que sea una letanía y no pueda calar su significado en nosotros, olvidándolo fácilmente, o echando la culpa de nuestra falta de empatía a que “los demás no lo harían por mí”.

Claudia ha escrito cinco hojas tamaño folio con su letra de 5 años porque me ha visto escribir estos días, siguiendo el sonido de sus frases (a veces desordenadas), sin separar palabras ni distinguir uves, bes, o haches. “Me encanta”. “Pues súbelo a Internet”. -Lo mando por WhatsApp a la familia-. “¿Lo has subido ya?”. “Sí, ya lo he subido”. “¿Y cuántos suscriptores tenemos?” (¿ha dicho suscriptores?)

¡Qué bien que me imiten!

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