26º fragmento -Colonoscopias sin sedación

Al igual que los barberos sacaban las muelas en la Edad Media, nosotros hacíamos endoscopias digestivas bajas (colonoscopia en su versión para todos los públicos) sin ningún tipo de sedación. Así llegué yo a mi rotación por endoscopias en mi segundo año de residencia. El endoscopista era asistido por la enfermera, que iba introduciendo el tubo, mientras él con los mandos dirigía la punta del endoscopio, metía más o menos aire y lavaba según necesitase para alcanzar el tan ansiado ciego, meta de toda endoscopia que se preciase.

Y es que ahí sí que pude comprobar lo subjetivo que puede llegar a ser el dolor, o la distinta forma que tenemos de experimentarlo y como nuestra anticipación catastrofista puede exacerbarlo.

A falta de sedación (que entonces ni se conocía ni se le esperaba en las salas de endoscopias), nos tocaba ejercer de auténticas entrenadoras, dando explicaciones más o menos sencillas de cómo se iba a desarrollar la exploración, de la importancia de ventosear al gusto (sin preocuparse del olor, que para eso viene usted bien limpio con los sobres que se ha tomado), y de en que momentos podía molestar más. “Es muy importante que usted aguante un poco, para poder llegar al final (que en realidad es el principio del colon), una vez allí, ya no le molestará más”.

La sofronización que sin saberlo llevábamos a cabo Isica y yo con el paciente antes de comenzar con su martirio, hacía su efecto. Durante la prueba nos encargábamos de distraerlo haciendo preguntas de los más banales para que no estuviera tan atento al avance del endoscopio, y en algunas ocasiones los pacientes descargaban en nosotras preocupaciones de cualquier índole, como si fuéramos unas confesoras en lugar de médica y asistente. Ella, mi Isa querida, con la que tanto aprendí, sabía ponerse en el pellejo de cualquiera que entrara por la puerta de endoscopias, podía incluso intuir lo que no le contaban, sufría como nadie cuando nuestro diagnóstico era una condena, y se alegraba como si hubiera ganado la lotería cuando veíamos la válvula ileocecal al fin y no había nada reseñable.

Por suerte, hace más de 15 años que sedamos para hacer estas pruebas (aunque en algunas circunstancias -pocas- no se pueda).

Hace poco una huelga nos obligó a realizarlas sin sedación (no teníamos donde recuperar al paciente). La gente lo rechazaba al principio, pero sabiendo lo que cuestan los sobres (43 euros en cualquier farmacia) y lo que supone una preparación colónica (eso no hay quien se lo beba), no podíamos dejar de intentar convencerlos para que se la hicieran. Volvimos a mentalizar a los pacientes, a quitarles miedos, a contarles historias que los mantuvieran distraídos.

El paciente: “Me va a doler mucho”. La enfermera: “Mire usted, el dolor es relativo, como todo: yo tenía un marido que no podía soportar, es que estaba deseando dejarlo porque era un vago y muy pesado. Lo abandoné. Y ahora está con la doctora y se llevan de maravilla, ella lo soporta perfectamente. ¿Ve como todo es relativo?”. Yo callo con media sonrisa mientras avanzo con el colonoscopio y el paciente ha dejado de prestarme atención a mí para intentar asimilar lo que le está contando la enfermera. Lo ha desconcertado y no sabe si creer lo que dice. Me mira de reojo, “entonces ustedes que son, ¿cuñadas?”. Y aunque no da una, termina riéndose cuando yo ya estoy terminando la exploración. “Pues no ha sido tan malo como esperaba”.

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