¡¿What?!, diría Claudia con los ojos abiertos y cara de sorpresa.
“Mírala, otra vez llorando en la línea de salida, mejor que no compita” Pero nada, la niña, que aun no tiene 4 años y está al lado de otros chupetines que no saben por qué los han puesto en fila y los jalean para que lleguen a la pancarta situada a 150 metros de donde están, se empeña en correr aunque yo sospeche que las lágrimas no le van a dejar ver el camino (seguro que se tropieza y se cae, para qué queremos más).
Y suena la bocina (menos mal que ya dejaron de disparar). Y sale corriendo con la cara desencajada como si hubiera nacido para ello; con una zancada que ni con 10 años de técnica de carrera conseguirían que tú la dieras; con un braceo innato convergente adelante y divergente atrás; con toda la entrega que le puedas imaginar a un adulto que ansía ganar el mayor de los premios. Y 10 metros antes de la meta ya está levantando los brazos aunque no haya quedado primera. Ha dejado de llorar y sonríe con emoción.
Otra carrera. Resulta que ese verano vamos recorriendo los pueblos almerienses siguiendo el circuito de la diputación almeriense de carreras. En el coche: “Daniela, si lloras no vas a correr más. Venimos para divertirnos, pero si lloras deja de ser divertido” (y por dentro pienso en las miradas de reproche del resto de los adultos cuando voy de su mano y la dejo llorando en la salida). Y es que no lo puede evitar. Es la manera más sencilla que ha encontrado de descargar el nerviosismo que precede al bocinazo. Hoy además ha tropezado y se ha caído. Se ha echado abajo la rodilla. Se levanta y sigue corriendo hasta el final, pero en esta ocasión no deja de llorar en la meta. Le duele la rodilla.
No he sabido identificar lo traumatizada que puede estar mi hija por competir en estas carreras. Poco a poco dejó de llorar. Pudo verbalizar su estrés previo a la carrera y yo supe explicarle que era normal, que eso era porque le importaba hacerlo bien, se sentía responsable de conseguir un buen resultado, y eso inevitablemente te pone nerviosa, sientes mariposas en el estómago y cómo tu corazón se acelera por la adrenalina que se ha derramado en tu sangre. Tu cuerpo se pone en alerta para estar en las mejores condiciones para afrontar el reto. Aprenderás a manejarlo.
Ella mastica esa información. La asume. La va poniendo en práctica.
Pasan los años. Le presento la competición como una forma de demostrar los resultados de un trabajo duro previo, una forma de saber donde están sus límites, de divertirse con sus amigos, de compartir experiencias, de luchar cuando crees que ya no puedes más… porque supongo que habréis oído hablar de la transferencia del aprendizaje. Y esto, es la vida.
Lo siento, pero no entiendo la connotación negativa que le dais a que los niños compitan. Para ellos debe ser como una fiesta de fin de curso, y si no es así, probablemente los equivocados seamos los adultos.
Daniela 9 años después. Tiene una final de un campeonato de Andalucía. Está nerviosa, no puede ni quiere evitarlo, al menos no del todo. Sabe que esos nervios son inherentes a la expectativas que ella tiene en esa carrera, son las emociones que experimenta derivadas del resultado visualizado y también de que sabe que pondrá su cuerpo al límite y tendrá que luchar cuando las alarmas que la protegen le griten que se pare. Ella hará oídos sordos, y cruzará la meta dejándose nada dentro.

