37º fragmento -Casos que te marcan para siempre (volumen 1)

María ocupaba las dos camas de la habitación 514. A falta de camas “King size”, se había optado por juntar dos de las estándar para que su cuerpo no se derramara por los lados. Estaba semincorporada, con su mascarilla con oxigeno puesta que apenas conseguía elevar al 90% la saturación de oxigeno de su sangre (no más de 85% si intentaba hablar). Padecía de todo lo que pudieras leerte en el Harrison, con todos sus órganos en un difícil equilibrio inestable, mirándose entre ellos, para ver cual desencadenaría la inevitable tragedia.

Una vida pendiendo de un hilo.

Marco era igual de joven que yo lo era en mi primer año de residencia. Lleno de ilusión, con una timidez que escondía secretos incluso para quien no debería tenerlos: nosotras, sus médicas-“amigas”. Había ingresado para estudiar un síndrome mononucleósico (síntomas parecidos a los que se dan en la enfermedad del beso), pero estaba bien. Paseaba con su pijama de rayas por el mismo pasillo donde nunca saldría María, impaciente, deseando tener respuestas y poder irse a casa victorioso.

María estaba tan lejos de mejorar, que iba en dirección contraria por mucho que nosotros hubiéramos podido hacer. E interés no nos faltaba porque así fuera, porque a nuestro espíritu de salvadoras, médicas deseando poner en práctica lo que habíamos estudiado, tutorizadas por uno de los mejores internistas… se unía el aliciente de ser amenazadas por una familia que no era capaz de ver que María se estaba despidiendo de esta vida. “Mas vale que a mi madre no le pase nada, porque la vamos a tener”, y así, todos los días transcurrían con amenazas, unas veces más veladas, y otras tan directas que se te helaba la sangre. El pasillo de la 5ªB era territorio comanche (no existía control de visitas entonces).

En el análisis de Marco podían verse las serologías virales de Citomegalovirus y Eipstein-Barr negativas. Me dio un vuelco el corazón: VIH positivo. El virus del SIDA circulaba por su torrente sanguíneo y eso era algo que yo ni siguiera había contemplado. Me hice un bicho bola. No quería dar esa información a quien debía saberla. Lo iba a sentenciar a un tratamiento de por vida. Pero mi tutor no me dio opción.

Mi madre rezaba para que María se fuera con San Pedro en fin de semana. Pensaba que de esa manera las amenazas que nos impedían hasta conciliar el sueño noche tras noche se diluirían en el duelo compartido entre más de 40 familiares que invadieron una tarde de sábado toda la quinta planta. Alguien escuchó las plegarias de mi madre. El lunes, la habitación 514 volvía a tener dos camas separadas con un inquilino en cada una de ellas.

Marco, tengo que decirte que ya tenemos el resultado de los análisis. “¿Es cáncer?” No sé por qué, pero creo que con los 25 años que teníamos ambos, me habría resultado más fácil decirle que sí, que era un linfoma, pero que no se preocupara porque la mayoría se curaban. “No, tienes VIH”. Y vi como su corazón se paraba para empezar a latir de nuevo desbocado, asustado, incrédulo, aterrorizado… y yo, llorando con él. “No va a pasar nada, hay tratamiento, estarás bien, ya lo verás” Pero su miedo iba más allá del diagnóstico que le acababa de caer como una losa, su miedo era tener que desvelar los secretos que no compartía con nadie, y que entonces compartió conmigo.

Hay casos que te marcan para siempre. Hay tantos casos que te marcan para siempre…

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