“Que le va a pasar, mamá, que tiene la mochila llena de piedras”
Claudia (4 años) duerme al lado de su hermana Martina (9 años) y acaba de soltar esa explicación después de que yo lleve toda la tarde, y parte de la noche, detrás de mi preciosa mediana para que me cuente que le tiene el ceño fruncido. “¿Qué mochila?” Y es que fue su padre el que les leyó esos relatos de inteligencia emocional que creíamos que la pequeña no había entendido del todo, y del que yo no tenía conocimiento alguno. “Pues cual va a ser, la invisible”. Cuatro años explicándole a su hermana, que continúa obtusa, que si no cuenta las cosas, la mochila le pesará tanto que no podrá caminar. Claudia es una “boca-chancla” como su hermana Daniela.
Martina es todo corazón. Tiene un caballo dentro que de vez en cuando se desboca y al que estamos aprendiendo a domesticar, porque mejor seguir teniéndolo dentro por si algún día nos hace falta. No sabe expresar sus preocupaciones, o al menos no aquellas que por algún motivo teme que nos puedan decepcionar, y eso que no recuerdo que alguna vez nos hayamos mostrado de esa manera.
Sé que hoy no me contará nada. Casi será más probable que termine confesándoselo a su compañera de dormitorio y ésta venga con la historia a nosotros. Así que no insisto. “No tienes que preocuparte, no hay nada que me puedas contar que a mí me vaya a molestar. Cuando quieras, me lo cuentas”. Pero ella se da media vuelta en la cama y sigue con su runrún.
Ya no recuerdo cual era el motivo, porque seguro que no era nada importante. Al menos para mí. Pero lo contó.
Han pasado meses y Claudia sigue poniendo en práctica sus dotes de psicóloga infantil. “Mamá, le intento explicar a mi amiga S lo de la mochila invisible, pero es que no lo entiende”. Se ha hecho confidente de su hermana y si ve que hay algo que le preocupe, será ella quien venga a decírnoslo. A pesar de que hay cuatro años y medio separándolas, dormir juntas las ha hecho confidentes (también se pelean, cómo no), y si les preguntas si cada una quiere una habitación para dormir, ambas contestarán que no a la vez.
En las noches, cuando están en la cama y esperan el tercer o cuarto beso antes de dormirse, es el momento de revisar la mochila y vaciarla de piedras si es que hay alguna dentro. Es el momento en el que por fin respiran al final del día y se abren para contarte cosas que se agolpan en sus cabezas. Se pisan al hablar, se enfadan porque lo suyo es más importante, porque la otra lo cuenta mejor, y porque saben que mamá en cualquier momento les dirá: “venga, a dormir ya, que ya está bien la cosa”.
Volvemos del colegio andando y Claudia ha hecho un despreció a una de sus mejores amigas al salir. No la quiere saludar, ni si quiera la mira. Había salido como unas castañuelas y había estado jugando con sus amigos mientras esperábamos a su. hermana. Martina se lo reprocha, pero ella sigue con mirada baja y avanza hacia la casa. No conseguimos que abra la boca.
Vuelve a aparecer la mochila invisible. “Claudia, pues ya puedes empezar a tirar piedras de la mochila” dice su hermana.

