52º fragmento -Del transplante del órgano, al de conciencia

En ocasiones, adopto actitud paternalista con los pacientes. Como si de mis hijos se tratara, aunque aun puedan seguir siendo mayores que yo, me permito colocarme en una posición superior para reprochar en parte el comportamiento que los ha llevado a esa cama de hospital cuando, justo el día anterior, se creían personas sanas. Y es que todo parece comenzar de repente, y en realidad, casi nada lo hace.

Mi tono es suave, intento hablar despacio, con palabras que puedan entender según haya podido ver en la anamnesis previa, donde ellos me han contado hasta donde han querido. La mayoría de las veces prefiero estar a solas, para que no escondan nada delante de sus familiares. Otros pacientes necesitan de alguien que esté apuntando detalles de su comportamiento que ellos minimizaron o les parecieron de poca importancia porque, “qué tendrá que ver que yo me fume dos cajetillas diarias de toda la vida, conque ayer no pudiera seguir andando cuando solo llevaba 100 metros porque las piernas me dolían a rabiar. Es que ha sido dejar de trabajar y todo me viene”.

A mí me han llamado porque al mismo paciente que no ha cumplido aun los 55 y tiene las arterias que van hacia sus miembros inferiores completamente obstruidas por placas de colesterol calcificadas que se depositaron sobre una pared endotelial envejecida por el tabaco (entre otros) y con un sustrato pro inflamatorio fruto de tantos excesos, le tengo que explicar que a su hígado le ha dado demasiado tralla (“es que en el trabajo que yo tengo se alterna mucho en el bar”), y veremos desde donde partimos cuando lleve un tiempo con la 0,0 y podamos revaluarlo. ¿Pero está muy mal? Y no entiendo la pregunta, porque ya le he dicho que su hígado está trabajando al mínimo (¿cuanto peor puede estar?).

Aquí no hay recambios de fundas, como en esa serie que empecé a ver hace años y de la que no pasé del tercer capítulo (Altered Carbon o algo parecido creo que se llamaba). Descargabas tus recuerdos, conciencia, y probablemente también el alma, en una especie de memoria USB, con varias copias en discos duros, nubes y demás… si te pasaba algo, cogías un cuerpo como quien coge un traje y le descargabas tu yo profundo. Ya no envejecerías.

Aquí recambiamos piezas, y no todas. Tal vez en un futuro no muy lejano tengamos una tienda de órganos criados en cuerpos de cerdos o incluso obtenidos mediante impresoras 3D. No serán baratos. Dudo mucho que los cubra la seguridad social. Serán para la élite.

Por ahora no somos capaces de extraer nuestro disco duro. Esto se me hace impensable. Un entramado neuronal con una plasticidad desorbitada (menor cuanto más vieja), capaz de establecer nuevas conexiones según precise para conformar nuestros recuerdos, nuestras emociones, nuestras respuestas, nuestra forma de ser, nuestra manera de ver la realidad (la de quien) y analizarla… Lo que somos, lo que hace no mucho creíamos que residía en el corazón, y ahora sabemos que está en ese órgano blandengue lleno de circunvoluciones para aumentar la superficie de la corteza cerebral, que se derramaría de no ser por su cárcel de huesos planos.

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