56º fragmento -No pasarás a mi sala de endoscopias

“Buenos días, soy médica de atención primaria y vengo acompañando a mi marido, que va a hacerse una colonoscopia. ¿Puedo entrar a la prueba?”. No, no puede (de esa forma drástica lo pensé, de forma cercana y sencilla le expliqué el motivo).

Ella me mira contrariada y me vuelve a insistir. Le vuelvo a repetir que no, que es mejor para ella, para el paciente, y para nosotras que estamos realizando la exploración. La inmensa mayoría de las exploraciones van bien, no hay ninguna complicación (ni leve ni grave), pero si se produce, no es nada agradable que el familiar esté dentro de la sala, porque por muy sanitario que sea, deja de serlo en cuanto la cosa se pone fea (o incluso sin que sea fea, pero lo parezca).

Sigue sin entenderlo, se siente ofendida y con cierto desaire me dice que se queda. Yo, que tengo un listado de pruebas enorme, termino claudicando, e inicio la colonoscopia con cierto cabreo mientras ella toma asiento en el lugar que suele ocupar la enfermera.

Mi costumbre de no dejar pasar a un familiar comenzó tras un caso en el que nos encontramos un pólipo bastante grande y difícil de quitar, donde la hija del portador del pólipo estaba presente por ser una auxiliar del hospital, y amiga. Cuando fuimos a aplicar la corriente para resecar la lesión, el electrobisturí dio fallo y las pasamos canutas para poder quitarlo (son situaciones que se pueden dar), pero finalmente todo fue bien. Pensé en el mal rato innecesario que se había llevado la hija, y en que yo había desviado parte de mi atención a la ansiedad de ella en lugar de estar centrada en resolver el problema. Así que desde entonces, ya no tenía ni que decirlo, porque las enfermeras sabían que ya no iba a pasar a la sala nadie ajeno a ella.

Tras los primeros 20 cm llegué a una zona de tejido anárquico, sangrante, que estrechaba la luz (aunque no tengas ni idea de como es un colon normal por dentro, sabes que eso no debería estar allí). La sala estaba a oscuras para poder ver mejor el monitor; la mujer del paciente, médica de atención primaria, sentada en un taburete alto giratorio con ruedas en un lateral mirando la pantalla; y mi enfermera mirándome confirmando su sospecha en mí. “¿Eso que es?”, en un tono bastante desesperado. Con solo decir las primeras palabras ella salió despedida de la sala abriendo y cerrando tras de sí la doble puerta que nos separaba del pasillo de urgencias. No volví a verla, ni si quiera para explicarle los siguientes pasos que debían seguir. Me quedé con bastante congoja y sensación de culpa por no haber conseguido que esperara en el pasillo.

Al tiempo, me crucé al matrimonio por el pasillo de la consulta de Cirugía, y nos reconocimos. Ella se dio media vuelta sin saludarme, y por muy tonto que parezca, me hizo sentir terriblemente mal, como si yo fuera la culpable de que su marido tuviera un cáncer de colon.

Así que, lo siento, pero a menos que seas el protagonista de la exploración, o intervengas en ella, no pasarás a mi sala de endoscopias.

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