Si tienes un objetivo y quieres alcanzarlo, ponte manos a la obra ahora mismo (ley de acción), pero espera, hazlo con compromiso, no vaya que dentro de una hora ya tengas la excusa perfecta para volver a la comodidad de tu zona de confort.
Si me pongo a analizar mi día a día y las cosas que hago, siempre encuentro algo (incluso “algos”) que me gustaría cambiar. Esto tiene que ver con que somos humanos y probablemente sin saberlo ni que nos lo tenga que decir el contrato programa del SAS en el que se insiste sobre el “círculo de mejora continua”, nunca estaremos satisfechos, y querremos ser mejores (sobre todo cuando detectamos errores -y es que hay tantos…).
Cuando descubres algo que no te gusta puedes actuar de varias maneras: lo ignoras conforme ha aparecido en tu mente y sigues para adelante; lo analizas aunque no te guste y te haga sentir mal y te autoconvences de que así es la vida y no hay forma de cambiarlo; o te enfrentas a ello, lo asumes, y buscas la forma de hacerlo bien.
La primera opción es una mierda, porque entrarás en un estado de depresión y desgracia que no sabrás ni de donde te viene, asqueada sin saber por qué, y no te hará sentir orgullosa. Tal vez recurras a las pastillas para elevar tu tono de felicidad de manera artificial, alterando la química de tu cerebro y arriesgándote a ser adicta y esclava del Prozac o similar, convenciendo a tu organismo de que no pasa nada porque él no fabrique la serotonina por caminos naturales, que ya la pones tú. Un engaño que tiene los días contados. Te creará ansiedad, pero no importa, porque también están los ansiolíticos, que aumentan la acción de una sustancia (GABA) que adormece a tus neuronas para que no sientas ese bulli-bulli que no te deja vivir. Otro engaño, porque a la larga no solo no te servirán, sino que serán tu peor enemigo, y no lo sabrás, y creerás que aumentando la dosis mejorarás, y solo conseguirás llenarte de efectos secundarios a los que tratarás de buscar una explicación médica en una enfermedad que crees que aun no te han diagnosticado. Como no dormirás bien, tal vez te receten el Zolpidem, un matacaballos que te deja lista en la cama en cero coma, con un sueño de una calidad paupérrima. Te despertarás probablemente sin ganas de vivir.
La segunda opción no es mucho mejor, porque aunque asumas que no hay cambio posible, en el fondo de tu corazón sabrás que sí lo hay, y que tú eres la culpable de no llevarlo a cabo. Así que es probable que entres en el mismo círculo que el comentado para la primera opción.
La tercera me encanta y trato de que sea la mía. Cambiar aquello que no te satisface tiene que convertirse en un reto que te ilusione y te llene de energía porque sabes que al final llegarás a la meta que te has marcado. Necesitaremos de un compromiso férreo y de trazar un plan al que nos ceñiremos pase lo que pase, y además, hay que tener presente que siempre podremos mejorar.
Yo tengo varios planes abiertos en mi vida, en mi día a día. Muchas cosas en las que mejorar. Unas en relación a mi forma de ser, otras con mi alimentación, con la atención de mis hijas, con mi relación de pareja, en mi trabajo, en mi forma de entrenar, en mi formación sobre temas de nutrición y como entrenadora de atletismo… Los estímulos positivos tienen que sucederse en mi vida para que yo sienta que merece la pena. Es como una recarga de pilas (mi serotonina y dopamina naturales).
La vida es eso, no acomodarse, luchar por lo que quieres, buscando la manera, buscando ayuda, moviéndote…,porque nada llegará solo a tu sofá.

