Somos células y tejido conectivo que las une. Un entramado de células eucariotas.
Todas nuestras células se diferenciaron de una única célula, la que formaron la unión de un óvulo con un espermatozoide, el zigoto. Este pasó a ser una mórula en las siguientes divisiones, y rápidamente, esas células, comenzaron a diferenciarse para conformar cada uno de nuestro órganos.
En el vientre materno fuimos creciendo, madurando tejidos, experimentando sensaciones a través de la fina capa que nos separaba del mundo exterior, a través de nuestro cordón umbilical, a través de los sonidos internos del cuerpo de nuestra madre, de hormonas que atravesaban la placenta… y ahora parece que también, en el vientre materno, comenzamos a relacionarnos con las bacterias. Parece que sobre todo con las pertenecientes a la cavidad oral de quien nos dio la vida. Algunas de ellas habrían conseguido atravesar la placenta y empezado a colonizar nuestros cuerpos, que hasta no hace mucho se pensaba que eran estériles antes de salir al mundo exterior.
Un adulto tiene prácticamente en su cuerpo el mismo número de células propias, que de células habitantes. Sí, alojamos a una cantidad descomunal de bacterias en nuestro cuerpo, microbios simbióticos, comensales e incluso, patógenos. Fundamentalmente se distribuyen por nuestra superficie corporal, cavidades nasal y oral, vagina, y en el oído externo, pero sobre todo, se distribuyen por el otro “cerebro” de nuestro cuerpo, el tubo digestivo, sobre todo en el colon (o intestino grueso).
En nuestro intestino conviven una variedad impensable de microorganismo en lo que me parece una especie de equilibrio bastante inestable, conformando la microbiota intestinal. La microbiota intestinal pesa unos 200 gramos (¡200 gramos de bacterias!), y son indispensables para preservar nuestra salud. Tan indispensables como desconocidas, porque hasta hace poco no había método que pudiera identificar a toda la variedad de bacterias, hongos, e incluso virus, que han colonizado nuestro intestino. Este equilibrio entre especies, es fundamental para no enfermar, pero también lo es para poder digerir ciertos alimentos que solamente con nuestras células no podríamos hacerlo.
Otra cosa es el microbioma, que sería como la firma genética que representa a toda nuestra población bacteriana. Esta es única para cada individuo (igual que las huellas dactilares), y suele permanecer constante en el tiempo. Tenemos en nuestro cuerpo más genes bacterianos que propios. Me parece totalmente alucinante. Seres unicelulares relacionándose de alguna manera con nuestro intestino, y a través de este, capaces de desencadenar una serie de procesos que podrían explicar enfermedades sistémicas como las artritis o la fibromialgia; enfermedades autoinmunes; enfermedades inflamatorias intestinales; e incluso podrían afectar a nuestro estado de ánimo…
Cuando nacemos, empezamos a ser colonizados por esta marabunta que tanto tendrá que ver con cómo se desarrolle nuestro estado de salud a lo largo de la vida. Todo apunta a que tendremos que cuidarla porque son parte fundamental de nosotros (el 50% de nosotros). Se verán afectadas por mala nutrición, por tratamientos antibióticos, por infecciones…
La cantidad de publicaciones científicas dedicadas a estos seres invisibles que nos habitan ha crecido exponencialmente en los últimos años. Nos relacionamos con nuestro entorno como lo hacían en el planeta de Pandora, y parece que volvemos a una comprensión de la enfermedad desde un punto de vista más holístico, donde todo está relacionado, donde separar por órganos deja de tener sentido.
Ya no existen bacterias buenas o malas, sino una mala proporción entre ellas.

