206º fragmento -Mi corazón era de mediofondera, yo quería ser como Mayte

Creo que fue en el 2001 cuando corrí por última vez en la pista azul de Valencia, y está grabado en mi memoria como si hubiera pasado hace un rato. En una semifinal de 800 no demasiado rápida, con un calor de morir a las 18.30, en el cauce del río Turia, Mayte Martínez y yo pasábamos por puestos a la final entrando juntas en el sprint final. Yo no me lo creía.

Cuando era cadete de segundo año (1992), con mis 15 años, mi récord de España de pruebas combinadas (una combinadas aun en pañales entonces en España) y mi entrenador recién enterrado, fui seleccionada por la RFEA para acudir a la copa Jean Humbert en Italia. Un campeonato un tanto atípico, con carácter casi escolar, donde competíamos 26 países distintos (hasta japoneses había) con la particularidad de que teníamos que hacer dos pruebas pertenecientes a distinta disciplina cada una de las componentes, y finalmente un relevo sueco (400-300-300-100). Yo fui en altura y en 300 metros vallas, y allí me encontré con alguien a quien yo ya admiraba, Mayte Martínez, que contaba con un año más que yo, y era mediofondista (lo que yo siempre había deseado). Fue inolvidable. Quedamos cuartas por selecciones y por mi parte salvé dos cuartos puestos en mis respectivas pruebas. Fue como estar en un campamento de verano disfrutando de lo que más nos gustaba.

Fui combinera durante mis años mozos casi por obligación, y porque además, cuando destacas en algo es difícil decir que no, a pesar de que yo ya intuía que mi cuerpo estaba hecho más para el mediofondo que para desarrollar la fuerza y velocidad que requerían muchas de las pruebas que practicaba. Yo sabía casi más de las mediofondistas de mi categoría que de las de combinadas, y por su puesto, para nada odiaba correr el 800, más bien deseaba que llegara la prueba tabú para el resto de participantes, como si ese fuera mi único objetivo.

En 1998, tras 3 años sin hacer atletismo, salvo para salir a correr por el parque Norte de Madrid entre clase y clase de la facultad de medicina sin ton ni son, y con el único ánimo de no engordar demasiado, conocí a Guillermo Ferrero un día que fui a Vallehermoso con mas miedo que vergüenza para empezar de nuevo, pero no por donde lo había dejado, sino por donde yo había querido siempre: “me pido un 800”. Y Guillermo me miraba algo incrédulo. Solo hicieron falta 3 meses (o menos) para convencerlo. Reconozco que no tuve la continuidad necesaria, que no era mi prioridad, y que la Medicina, y la presión de estar fuera de casa con el gran esfuerzo de mis padres, me llevaba a elegir lo que no fuera atletismo cuando el tiempo escaseaba. Ojalá no hubiera sido así, pienso a veces.

En febrero de 2018 llevaba 5 meses entrenando después de una sequía atlética de 16 años, con tres hijas (la menor con un año y medio) y con un core que casi no mantenía erguido mi tronco ni en su sitio mis vísceras. Campeonato de España Máster en Salamanca. Corría Mayte Martínez y pude acercarme a ella y echarme una foto y decirle todo lo que la admiraba. A veces, muchas, había pensado que tal vez yo habría podido estar corriendo con ella cuando de verdad se tiene la edad de ser atleta. En Salamanca, ambas con más de 40, estábamos allí, en esa pista maravillosa, disfrutando de lo que tanto nos gustaba. Yo quedé cuarta en 400 y 800. Ella tercera y primera respectivamente. Poco después ella se proclamaría campeona de Europa máster en Gallur, con 2:16 cuando yo apenas podía terminar en 2:26.

Hoy, enero de 2023, llevo 5 años entrenando, de ellos, casi tres de forma ininterrumpida tras una lesión por hacer el tonto saltando altura con unas zapatillas no hechas para la ocasión que me costó más de tres meses de parón, y mucho sufrimiento para volver después. Hoy solo queda una leve molestia que no me impide nada más que llevar tacones. Hoy sigo mejorando gracias a mi empuje, pero también a la ayuda de mi familia, al buen hacer de mi entrenador y amigo, a la compañía en los estrenos de mi Manolillo y mi hija Daniela, y al extraño gusto por respirar aire libre y tartán.

Hace dos días hablaba con Mayte por messenger después de que ella me felicitara y me resultaba un tanto incómodo, o raro, o no sé. Ella, a la que yo veía correr y con la que me levantaba del sofá gritando a la tele como si pudiera oírme en la última recta del 800, empujándole hacia su medalla mundial, me felicitaba y sentía nostalgia por poder seguir corriendo. Una de las mejores deportistas de nuestro país, enamorada de la pista, sigue ligada al atletismo, con su escuela y su club, con su hija (que ojalá siga sus pasos, porque no veas la niña), con su amor por este deporte que tanto hemos disfrutado ambas, aunque haya sido de forma tan distinta.

Todo tiene sus luces y sus sombras. Yo quise ser ella.

Hoy disfruto sin presión en otra dimensión del atletismo, con unas marcas que ya me costaba mucho trabajo hacer con 22 años, y con las que espero seguir soñando, aunque solo sea un ratito más.

Deja un comentario