208º fragmento -Yo controlo (como los borrachos)

Si se te ocurre ir andando por la calle levantando la cabeza de la pantalla del móvil que llevas cogido tal y como si fuera una tostada, verás que los bajos de los edificios se han llenado de establecimientos de estética de todo tipo, desde uñas para toda la vida a otros que prometen opciones milagrosas para recuperar o lograr un cuerpo escultural, peluquerías de señoras, unisex, y de looks imposibles inspirados en las cabezas de los futbolistas del momento o del trapero de turno, y de salas de juego, tan ocultas por cristales oscuros y accesos que parecen de discotecas exclusivas que te harán sentir importante solo con cruzar la puerta (aun no he cruzado ninguna).

Y aunque la primera pregunta que pasa por mi cabe es cómo es posible que haya tanto público para tanto de lo mismo, inmediatamente me respondo que si existe oferta, es que habrá demanda, y ésta, debe ser mucha por mucho que tu vecina te niegue haberse hecho adicta al botox o al hialurónico o a los hilos de oro…, alguien tiene que estar alimentando esos establecimientos que crecen como setas en los bosques húmedos.

Y no es que esté en contra de ellos. Bueno, de uno de ellos sí, el que trae una adicción potencial mucho más mortal en ocasiones que el mismo tabaco o el alcohol. Barrios invadidos por promesas de hacerte un poco más rico de forma tan extremadamente fácil, con anzuelos tan apetitosos y capaces de despertar una respuesta tan parecida a un orgasmo… que es casi imposible que nuestros jovenes, ávidos de probar todo lo que esté a su alcance y obtener una fama inmediata y fácil, no lo muerdan. Adictos. Creamos adictos.

Adictos a juego y adictos a la belleza exterior, la que menos importa y a la que más importancia damos desde que somos esclavos de la tostada que mantiene nuestra atención incluso cuando cruzamos un paso de peatones sin mirar si aquel que venía por la calle tenía intención de pararse. Ajenos al ruido de la vida real centramos la atención en un mundo virtual esperando que satisfaga todas nuestras expectativas de vida, no las que nosotros elegimos, sino las que de alguna forma nos impusieron sin que nos diéramos cuenta.

La proliferación de estas setas debe ser el reflejo de lo que es nuestra sociedad, y eso, me entristece tanto. Me lleva a pensar que, en general, somos débiles por naturaleza, en masa, como especie, y que solo unos pocos son capaces de revelarse a lo establecido por la economía feroz que amenaza con hacerse dueña de nuestras vidas y decisiones, llevados como un rebaño sin saberlo hacia donde más interese que vayamos a los autoproclamados dueños del mundo.

Yo me revelo y caigo todos los días. Un toma y daca, como siempre, como es la vida. Hay líneas rojas, pos supuesto, no pienso cruzar las puertas de un club de juego, ni tengo tendencia a dejarme embelesar por tantas luces, pero hay quien no tiene líneas rojas, hay quien prueba pensando que ellos controlan. “Yo controlo”. Me suena tan a borracho que no sabe lo que dice…

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