Aproveché el viaje para empezar a leer un libro que ni si quiera recordaba que tenía en el dispositivo electrónico. Acabé “Corazón Helado”, extenso y maravilloso libro de Almudena Grandes. Me dejó con el corazón triste, como si me tuviera que despedir de Álvaro y de su sufrimiento, incapaz de cerrar el Kinder sin empezar algo, lo que fuera, y a poder ser cambiando drásticamente de tema, y me encontré con “Correr. Entrenamiento de la fuerza mental”, de Matt Fitzgerald.
Se trata de unos de esos libros récords de ventas hechos para corredores que quieren encontrar la mejor manera de entrenarse y mejorar su rendimiento, enfocado sobre todo a la fuerza que puede tener nuestro cerebro sobre nuestro cuerpo, y alentándonos a improvisar en nuestros entrenamientos. Nos invita a no ser rígidos con planes de entrenamientos, a que escuchemos nuestro cuerpo, a que sepamos como reajustar lo programado…
Voy casi por la mitad del libro, y por ahora no ha dicho nada que no lleve a la práctica.
Está más que claro que no soy una atleta de élite, como no lo son la mayoría de las que practicamos este deporte que nos encanta, pero no por eso no podemos beneficiarnos de “los trucos” que pueden llevar a los que sí que están instalados ahí a ser mejores.
Cualquiera de nosotros cuando entrena lo hace en pos de un objetivo, el cual puede ir modificándose con el tiempo. No es lo mismo comenzar de cero, que llevar tiempo entrenando y tener en mente mejorar la marca en un 10 K. Incluso cuando empezamos de cero me parece que es necesario que exista cierta retroalimentación en cuanto a cómo hacemos las cosas. Si sales a correr por el mero hecho de sentirte bien contigo misma, de mejorar tu estado físico y mental, necesitarás conocer resultados para comprobar que todo va por buen camino, si no, correrás el riesgo de caer en la monotonía.
La valoración de objetivos no se tiene que ceñir solamente a correr más kilómetros, o más rápido, sino a la sensación de disfrute. Hacer deporte, correr, para que enganche, tiene que hacerte disfrutar. Incluso disfrutar cuando se sufre.
Mejorar siempre requiere de cierto punto de sufrimiento. Algunos estarán dispuestos a “pasarlo mal” más que otros, pero poner tu cuerpo al límite “no real” es lo que hace que comiencen a aparecer las adaptaciones necesarias para mejorar nuestro estado de forma.
Sufridisfrutar es la palabra inventada que mejor se acerca a lo que se siente en los entrenamientos duros, esos que aparecen dos o tres veces por semana. Todos tenemos nuestros entrenamientos favoritos y aquellos que odiamos. Yo temo las series largas. Necesito engañarme mentalmente, buscar alguna forma para afrontarlas sin estar ya derrotada de partida. Y estas últimas dos semanas, no lo he conseguido. Mi cerebro me ha engañado a mí.
A veces me dan ganas de partir en trocitos esos entrenamientos, para afrontarlos de otra forma, aunque sea para introducir una mínima recuperación que me permita desbloquearme mentalmente. Y cuando he abandonado, he pensado: “No sé sufrir”. Mi cuerpo ha parado mucho antes del límite de mis músculos. El cerebro desconectó el cable que le decía a mis piernas que siguieran corriendo. Y termino frustrada y cabreada. Físicamente demasiado bien para lo mal que me decía mi cabeza que estaba. Un entreno desperdiciado, pienso.
E inmediatamente después, me obligo a pensar que de nada sirve lamentarse. Vamos a por la próxima. Intenta sacar algo bueno de esto. Estaré más descansada para el entrenamiento de mañana, y para el próximo que sea parecido a éste, sabré que el centro de mando de mi cuerpo me querrá engañar. Eso es entrenar la capacidad de sufrimiento.
Es casi imposible dar el 100% en una carrera o en un entreno. El umbral de sufrimiento, ¿puede estar entre un 70-80% de nuestra capacidad real?, supongo que variará entre individuos, y no será lo mismo para alguien que empieza que para alguien que ya se conoce y tiene la retroalimentación de otros entrenamientos y carreras. Imagina pasar de ser capaz de sufrir un 70%, a un 80%. La mejoría que supondría. Pues esto, también se entrena.

