276º fragmento -Compra tiempo

Claudia me avisa la noche anterior.

Mañana quiero dos trenzas, una a cada lado, pequeñas, que se queden sueltas y yo me las vea por delante, como las de Martina, pero enteras, hasta abajo, aquí tienes las gomas pequeñitas, y el resto del pelo, si no me dejas que lo lleve suelto para que no se me peguen los piojos, pues me lo recoges en una coleta. Vale, ¿mami?. Y me da la dos gomas blancas que ha encontrado en el cajón de sastre de nuestra peluquería particular. Para ella soy mamá, médica, atleta, y peluquera.

Me levanto media hora más tarde, casi cuando escucho salir el café que Alejandro está preparando en la cafetera italiana y me llega el olor de las tostadas. Media hora más tarde que me sabe a gloria, son las 7 de la mañana. Telediario de fondo dando vueltas y vueltas a lo mismo, al resultado y al adelanto de las elecciones. El tiempo parece pararse durante el desayuno. Martina aparece como si fuera un zombi y mira hacia su taza, aun vacía. Le preparo la leche. Está cansada, tan cansada como ayer la dejó toda una mañana practicando deportes acuáticos como parte de una excursión del colegio. Ni si quiera la siesta de dos hora y acostarse temprano han servido para recuperarla. Va a ser un día duro.

La mañana transcurre sin prisas pero sin pausa. Claudia aparece vestida y reclamando sus trenzas. Desayuna y lávate los dientes primero. Y antes que me de cuenta, ya me está persiguiendo con las gomas del pelo y cepillándose los enredos para que no le haga daño yo.

Mientras tanto, Alex ya ha preparado la merienda para el cole y se ha asegurado de que hay agua en las mochilas. Está a punto de salir por la puerta y yo sigo haciendo cosas por casa sin arreglarme.

No dice ni mu. Aunque le tire del pelo mientras voy haciendo las trenzas de boxeadora ella apenas suelta un ay, seguramente porque ha sido su elección, sus trenzas. Solo se queja un poco de que tardo mucho. Lo sé, no soy peluquera, lo hago lo mejor que puedo. Y ella sonríe.

Martina continúa arrastrándose de un lado a otro de la casa para terminar con sus tareas antes de salir hacia el colegio. Pelo suelto, mamá, que para eso me corté una melena. Hoy ni trenzas, ni pillapelos, ni diadema, que no la encuentra. Y esos dos enormes ojos que quieren cerrarse de nuevo.

Daniela va a lo suyo. Tiene una rutina perfectamente establecida en la que ya no me necesita, que le permite levantarse más tarde que nadie y salir antes que yo por la puerta para llegar al instituto. No tengo ni idea de cuando se hizo mayor. Tan ordenada, tan responsable, tan proactiva, tan repepelente a veces. Solo necesita, por ahora, que estemos atentos, que la escuchemos, que seamos partícipes de sus preocupaciones, y que le comentemos las cosas cuando hay algo que nos chirría. Suerte que tenemos. Ayer hizo un entrenamiento de diez, y eso para ella, es como recargar las pilas de la emoción. Para mí también. Los estudios igual de bien.

Todas las noches sin excepción, en mi repaso boca arriba de lo que ha sido el día, solo puedo dar gracias. Alex, a mi lado, siente como un escalofrío cuando yo le comento lo afortunados que somos, porque piensa que de alguna forma podría romperse el hechizo, como esa ridícula creencia de mi hija de que los sueños malos tienes que contarlos para que no se cumplan. Él lo extrapola al contrario, ni nombres demasiado a la suerte, no vaya que desaparezca. Todas las noches, sin excepción, en decúbito supino, busco aquello que podría haber sido mejor, cómo seguir por el camino.

Compré tiempo.

Las mañanas perfectamente imperfectas, a veces, pueden ser lentas por eso, porque compré tiempo. Porque la reducción de jornada en el trabajo me permitió llevarlas al colegio y hacer las mañanas perfectamente perfectas, disfrutando de cada paso desde que pongo el primer pie en el suelo, y pudiendo tener consciencia de mi fortuna.

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