En realidad no fue ayer.
Desde que empezaron los entrenamientos más intensos de invierno sentía un pellizco en el glúteo, que más o menos me dejaba correr. Empeoraba con los entrenamientos más exigentes, y se amortiguaba en cierta manera cuando bajaba un poco el ritmo. Pero la molestia siempre estaba ahí. Poco tiempo para ir al fisio, poco para estirar, poco para cuidarme…
Siempre he dicho que en cuanto he visto que aparecía un molestia, trataba de encontrarle explicación y solución.
Pero esta no la vi venir. O pensé que se pasaría. Que no era importante. Pequé.
En el último progresivo antes de los relevos del andaluz pensé que no podría correr. Pero ya se sabe. Cuando compites, cualquier molestia parece desaparecer.
Ayer tocaba velocidad y pensé en no hacerla.
Pero no hice caso a Toni. Tuve un razonamiento absurdo que me llevó a completar un entrenamiento que ni si quiera debería haber comenzado. Velocidad, de lo más exigente para el bíceps femoral. Con mi hija Daniela al lado. Con un amago de no empezar, de dejarlo en la primera serie.
Inicio la sesión calentando bien, centrándome en los glúteos, en que compensen de alguna forma toda la tensión que tengo en la cadena posterior de la pierna izquierda. Y pareció que algo mejoraba.
Y entrené con dolor. Con más dolor del habitual. Acortando zancada. Cambiando la pisada. E hice oídos sordos a mi cuerpo que me seguía avisando.
Una vez, cuando tenía 14 años, tuve una lesión relacionada con el crecimiento que me impedía entrenar en una época en la que yo empezaba a destacar en pruebas combinadas. Era una niña. Todos los días tenía un dolor horrible en la tuberosidad de la tibia. Era un fin de semana en el que nos juntamos todos los primos en el cortijo de mi abuela y organizamos un habitual partido de béisbol en el bancal lleno de montículos de arena, de hoyos, y de todo tipo de obstáculos. Por supuesto que jugué hasta que no pude más. Ni me acordé de la rodilla.
Lo siguiente que recuerdo de aquel día, aparte de lo bien que me lo pasé, es de tener la rodilla roja, hinchada, mi padre poniéndome hielo y regañándome al mismo tiempo. Nunca me había dolido tanto. Lloraba.
Al día siguiente no me volvió a doler. O al menos así lo recuerdo. Se acabó el síndrome de Osgood Schalatters. Desapareció justo al día siguiente de haber provocado el peor dolor que había experimentado.
No le hice caso a Toni, que me advirtió que bajara el ritmo, que entrenara poco, solo cosas sin dolor. Pero es que queda poco para que acabe la temporada, y aun no he podido correr una carrera en condiciones.
Mi razonamiento fue tan absurdo como para pensar que ese dolor crónico que me lleva amargando todo el año, de repente, lo llevaría al máximo, como cuando era una niña, para luego hacerlo desaparecer porque, de repente también, eso que me duele casi como si fuera un dolor neuropático, terminaría curándose como por arte de magia, o desaparecería como cuando House se fracturaba un dedo para que dejara de dolerle la pierna.
Absurdo, lo sé.
Tal vez mañana funcione y no me duela.
Tal vez se haya acabado la temporada de aire libre para mí.
Descansaré, esa zona, mañana, y pasado, y seguro que el otro. Intentaré compensar con otros ejercicios. Iré a que Toni vuelva a verme el jueves. Dejará de dolerme. O no. Me avergonzaré por no haber hecho caso a mi fisio.
Pero hoy, hoy es un día de mierda. Un día en el que resetear y reordenar todo lo que viene por delante, sabiendo que, probablemente, no pueda volver a competir en un tiempo. O sí. Que aun no quiero cerrar por vacaciones.
Ayer regresaba con el entrenamiento hecho, aun esperanzada.
Esta mañana, caminando desde la habitación a la cocina, mi cuerpo me recordó que me había pasado.

