310º fragmento -Empiezan las competiciones (o siguen): felicidad

Antes me costaba mucho.

Cuando me rompían los planes, aunque solo estuvieran estructurados en mi cabeza, perdía lo planeado. Ahora, aunque me sigue costando, los adapto.

Empezamos fines de semanas repletos de competiciones, la mayoría de las competiciones son de ellas, de las que se hacen mayores, de las que tienen un futuro más extenso que el mío por delante, una vida por moldear, unos objetivos por determinar, una personalidad por construir… Empezamos los fines de semanas de viajes por media España, y echo la vista a donde me da, y no alcanzo a ver ninguno libre.

Me encanta.

Éste en Valencia.

Este fin de semana buscando un alojamiento que nos permitiera transformar en una miniescapada un viaje que podría haber sido de ida, carrera en la pista del cauce del río Turia, y vuelta. Un miniviaje que se recuerde en familia, que fabrique pequeños momentos que rememorar: “Mamá, te acuerdas de cuando…”

Seguimos encajando como podemos familia, trabajo y deporte.

En el maletero del coche las maletas con la ropa, con las zapatillas, con la comida que cocinaremos en el cortijo que hemos encontrado en booking a 40 minutos de la pista de atletismo, con el ordenador para adelantar cosas pendientes, con la tarea del colegio, la pelota de vóley para practicar en el jardín y la bola de peso y el disco de Martina, que el fin de semana que viene le toca a ella en Andújar.

Ya no se nos olvida nada.

Daniela venía con una espinita clavada del Campeonato de España de federaciones autonómicas, donde pensó que no corrió de la mejor manera, de donde salió triste por no haber llegado a colmar sus expectativas, y segura de que tampoco las de los que la seguíamos desde casa a través del streaming (que Gijón ya estaba demasiado lejos). Su medalla de chocolate no le supo a nada, a decepción si acaso. No por ser cuarta, sino por la forma de serlo. Porque cuando das todo lo que tienes de principio a fin, no hay nada de lo que arrepentirse, pero cuando piensas que en algo fallaste, la carrera se repite en tu cabeza hasta el infinito, con un millón da variables distintas, todas dándote como campeona. Y es que hay tanto trabajo detrás… Una lección, eso sí. Que de todo se aprende, y eso siempre se echa en la mochila.

Daniela afrontó esta carrera, un 600 ml en una semana de pretemporada donde llegaba al jueves con el cuerpo molido por agujetas y carga de entrenamiento, con otra mentalidad. La carrera del fin de semana anterior alteró su percepción y su estrategia, y solo le quedaba un poco de miedo a no ser capaz de lo que creía que podría ser capaz.

Y decidió antes de salir a correr, unas horas antes.

“Quien quiera, que me siga”. Porque por ella no iba a quedar. Porque esta vez decidió salir controlando, reservando un resto que le permitiera responder en la recta final, cuando llegara el ataque de las que vinieran por detrás.

Y le salió.

Y no hay mayor satisfacción que haber decidido una estrategia, confiar en tus posibilidades, ir a por todas, y que además te salga. Es un chute de motivación para seguir por el difícil camino que va eligiendo.

Lo mejor, su cara al llegar.

Después de la cara de alegría e incredulidad, el lactacto, nada más cruzar la meta, pareció inundar su cabeza y entumecer sus piernas. Vomitó.

Lo mejor, que rodó después conmigo 10 minutos y me contó todo lo que no se ve en una carrera: sus pensamientos, sus sensaciones, que las piernas le iban más rápido de lo que creía que podía, que solo pensaba en los metros que se iba comiendo, que apretó para no dejarla pasar en el paso del 300, que se encontró genial a pesar de la semana de entrenamiento, que en la recta final solo pensaba en que no la iban a pasar, y que si se asomaba por el lado, se tiraría en la meta, que ojalá me llamen para la concentración de la española, que me escuchó cuando le gritaba desde el obstáculo, que escuchó a su hermana Martina desgañitarse desde la grada mientras hacía un directo con su Instagram…

Yo seguí explorando el cauce maravilloso del río Turia unos 40 minutos más mientras ella volvía a la grada con su equipo y el resto de la familia, acoplando mi rodaje de fin de semana a donde toque estar. Disfrutando.

Luego vendría el 4×300, donde ya no le quedaba la energía deseada.

A las 22 horas, se quedaba dormida, rota en el sofá, a pesar de que intentábamos terminar de ver la película que iniciamos el día anterior.

Felicidad.

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