311º fragmento -El estrés duele, la mente cura

Un paso, para luego dar el otro. No pienses. Solo ve avanzando.

Deja de sentir esa presión que te impide dormir, que te deja la boca seca, que aplasta tu caja torácica y hace omnipresente cada movimiento de tu tripa. Deja de respirar de forma entrecortada y expande al máximo tus pulmones, varias veces, lentamente, siendo consciente de como consigues desplazar el diafragma que permanecía fijo, casi inútil.

Desecha pensamientos parásitos, focaliza tu mente en lo siguiente.

Traga saliva, come despacio. Mastica.

Acuéstate pronto.

Madruga, que tengas tiempo suficiente para que la mañana no empiece cargada del estrés que luego arrastrarás todo el día. Una cosa detrás de otra.

Hace dos días me levanté con una contractura cervical que me impedía mirar hacia mi lateral derecho y sentí náuseas mientras tenía por delante el café con leche y la tostada que tanto esperaba cuando me fui a dormir. La barriga se retorció en un dolor sordo que erizó mi piel y me llenó de sudor frío. Eran las 6.45 de la mañana. A las 9 comenzaba el curso de reanimación cardiopulmonar avanzada.

Por lo general, suelo pensar que cualquier síntoma va a desaparecer de un momento a otro. Pero a estos, me abracé. Me concentré en sentir el dolor de barriga, en las náuseas, en el vómito de nada, porque nada había en mi estómago, en el intento de dejar en mi estómago la primera pastilla de primperán. Fallido. La segunda y a la cama, encogida. Esta la aguanto yo dentro.

Abrazada al dolor me quedé en un duermevela que me hizo creer llevar toda la mañana encima de las sábanas revueltas de la cama sin hacer. Las náuseas se habían apagado, que no desaparecido. El dolor se había convertido en molestia. La contractura seguía evitándome disfrutar de lo que hubiera a mi derecha a menos que girara el cuerpo entero. Decidí dejar de pensar. Un paracetamol, por si acaso. Las llaves del coche, de la casa, la mochila, un poco de agua, y una hora tarde aparecí por la parte práctica del curso.

Pasó lo que quedaba de mañana.

Volví a casa y pude comer algo.

Regresé al curso haciendo poco caso a lo que en mi estómago pasaba, intentando centrarme en lo que estaba haciendo. Y lo conseguí.

Como las locas, sin pensar que no iba a poder, había echado la mochila con la ropa de deporte al coche.

Como las locas, sin pensar, salí del curso para aparcar directamente en la puerta del estadio.

Como las locas, sin pensar, comencé a correr, sabiendo que me tocaban 8 km progresivos sin saber si iba a progresar. Desde los 4.39 del km inicial, hasta el 3.38 del octavo. Mucha más progresión de la que hubiera imaginado, con un dolor que en los dos primeros kms era insoportable en el cuello, el mismo dolor que se me olvidó cuando empezaba a resoplar en los últimos 3 kms, el mismo que regresó cuando todo volvió a la calma. Pero hice las pesas.

Y pensé como dice mi hija Daniela: “El dolor ya se ha quitado”. Y me fui a casa de mi madre para quitarle un diazepam y que me diera un abrazo. “Tengo una crema que es una maravilla. Ven que te la echo. A ver, ¿dónde te duele?”. Un beso mágico de madre. Un abrazo infinito.

Regresé a casa con el cuerpo helado, la piel erizada, el estómago del revés y el dolor puesto. Y pensé : “Mañana estoy nueva”. Y dejé de abrazar la confortable sensación de estar mala y no tener que hacer nada más que sufrir del mal cuerpo, el frío, el dolor, y las pocas ganas de comer.

Y desperté como nueva.

Y me apetecía tanto apocarme…

Y hoy he pensado, que igual que el estrés se hace absolutamente presente de forma física si lo dejas, tal vez sea posible rebelarte mentalmente de lo que físicamente experimentas.

1 comentario en “311º fragmento -El estrés duele, la mente cura”

  1. Yo me curo los dolores con dos directrices básicas:
    1. Ignorar el dolor; como le des atención surge el amor;
    2. Entrenar; el deporte segrega sustanvias curativas, estoy convencido.
    Me ha gustado el fragmento. Keep it up!

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