A pesar de que las medallas se las cuelguen otros, los que gestionan, los que pasan días en los despachos, valorando objetivos que poco tienen que ver muy a menudo con una adecuada asistencia, con presupuestos en compartimentos estancos difíciles de entender, con varas de medir que dejaron de lado la realidad para valorar la eficacia sin importar la eficiencia de la calidad asistencial… en la vida real, los que tienen un millón de medallas invisibles y que nunca se colgarán, son todos aquellos que trabajan con amor por lo que hacen.
Ellos no necesitarán que les den palmaditas en la espalda para seguir adelante, porque nunca nadie fue más crítico que ellos consigo mismos a la hora de desempeñar su trabajo.
Después de tantos años trabajando puedo decir que disfruto a la misma vez que sufro con la inmensa mayoría de las cosas que hago en mi día a día. Hay periodos de más estrés, donde todo parece dejar de tener sentido, donde crees que tu esfuerzo se pierde como una gota en un océano de agua, donde sientes que probablemente mañana ya no seas capaz de seguir dando ese poquito de más que te exiges.
Y sin embargo, merece tanto la pena…
No hay mayor satisfacción que la que una siente cuando sabe que lo hizo bien.
El no ser la heredera del hospital que habito no me hace sentirme ajena a todos los problemas, más allá de los meramente médicos, que encontramos en el día a día: pacientes perdidos, citas anuladas, duplicadas, cambiadas, repetidas, información deficiente, listas de espera insalvables, horas de espera en las urgencias, ensañamiento terapéutico, días interminables en el hospital que más que sanarte te enferma aun más…
Siento. Padezco. Sufro. Me siento impotente. Claudico. Y vuelvo a empezar.
Como decía ayer. Paso a paso. Lo que está en mi mano. Lo que está más cerca. Lo que pueda ser con orden y concierto.
Si todos hiciéramos lo mismo…
Como aquella película, cadena de favores.
Si todos nos calzásemos por un momento los zapatos del paciente que comentamos, los de aquel que tenemos ingresado, del que espera la noticia en casa, del que hace más de 6 meses que se le pidió una colonoscopia… y también los de nuestros compañeros…
No pienso escudarme, ni por un solo momento, en la desidia del de al lado, ese que tiró la toalla, o que tal vez nunca la tuvo entre las manos si quiera.
No me vale dejar de hacer porque los demás echen el culo para atrás.
No quiero ningún reconocimiento, que no lo necesito, de verdad, que yo lo hago porque lo siento (incluso con mis ladrones de tiempo).
Solo quiero que te unas.
Que seas la mejor versión en aquello que hagas, sin justificar no haber llegado a tu máximo potencial porque nadie te lo va a agradecer.
Hoy publicaba David, nuestro celador, algo que reflejaba el mismo sentimiento con el que abandoné al final de la jornada el hospital. Hoy, en la sala, con casos más difíciles de lo habitual, estábamos anestesistas, enfermera de anestesia, técnica de rayos X, enfermera y auxiliar de endoscopias y celadores. Todos alrededor del paciente. Todos dando lo mejor, coordinados, apoyándonos, entremezclando roles casi sin pedir permiso.
Y cuando pasa eso, es mágico. Porque no importa lo duro que haya podido ser el día, ni las horas que lleves de pie con el plomo puesto, ni la tensión de no poder conseguir arreglar el problema, ni el cierre de tus coronarias mientras comunicas una colección de pus con el estómago, ni el sudor que va cayendo por la espalda.
Cuando todos estamos a una, sin importar nada más que el paciente y solucionar su problema, el resultado supera con creces cualquier esfuerzo invertido.
Ama lo que haces.


Ama lo que haces aunque no hagas lo que amas 😘
Si la vida te da limones, haz limonada, pero que sea la mejor limonada que hayas probado en ti vida. ♥️😘