313º -Cuando doy malas noticias, sonrío

Odio dar malas noticias.

Cuando las doy, las lleno de esperanza.

Cuando las doy, intento colocarme de forma que mis ojos estén a la altura de los suyos, y de forma inevitable, suelo coger su mano, o apoyar la mía en su antebrazo, en una invasión de su espacio vital que no sé si busca distraer su atención, o dar un poco de calidez a las palabras que por muy fáciles que yo las escoja, se irán entremezclando en una frase sin sentido que apenas será comprensible una vez llegue al cerebro que ya divaga pesando en el atropello que se ha producido en su monótona, ocupada, estresante o maravillosa vida.

Las malas noticias médicas, personales, ponen nuestro mundo del revés.

A veces me gustaría poder acompañarlos en ese camino que les queda por andar hasta curarse, ir sobreviviendo, recaer, o morir.

A veces me gustaría poder asegurarles al cien por cien que todo irá bien, que habrá que luchar con todas sus fuerzas, pero que ni si quiera eso le asegurará vencer.

A veces me gustaría poder responder todas las preguntas que van brotando de sus bocas, directas desde un cerebro descontrolado por un corazón desbocado y una tormenta hormonal. Me gustaría poder enlentecer ese ritmo cardíaco, bajar la tensión que se dispara, secar el sudor frío que de repente recorre sus espaldas, o hacer desaparecer ese calor que sube por las sienes y hace más lejana cada palabra pronunciada por mí.

Siempre cojo sus manos.

Siempre les sonrío. Evito el gesto serio, el que pueda parecer una sentencia, el que les niegue cualquier esperanza de poner a cero la cuenta atrás que parece comenzar cuando de repente, despertó de una exploración, para escuchar que no todo está bien.

Hoy ella me esperaba sentada. Su marido al lado. A mí se me había complicado la prueba que estaba haciendo quemando lesiones vasculares y quitando pólipos que no preveía encontrar. Y ella me esperaba.

Cuando la veo vestida de calle parece otra mujer distinta a con la que yo bromeaba antes de comenzar para hacer desaparecer sus nervios previos, y tengo que asegurarme, llamándola por su nombre, de que es la misma que una hora antes entraba tumbada en una cama en mi sala de endoscopias.

Yo me pongo de cuclillas para poder mirarla a los ojos.

Los cánceres dejaron de estar presentes en las palabras que transmito, para hablar de lesiones que precisan de tratamientos más complejos que los que yo puedo ofrecerles con una endoscopia. Decir cáncer, en la mayoría de las ocasiones, es cerrar los oídos de quien escucha y sumirlo en la más absoluta desesperación, desencadenando una cuenta atrás hacia un final inexorable e inevitable que no tiene por qué ser el cierto.

“Lesión” me gusta más. Una lesión es abordable, es tratable, no habla de sentencias ni quita esperanzas, no produce urticaria ni desboca el corazón. Nos deja una puerta de salida abierta, nos prepara para lo que irá viniendo, no es una palabra maldita para quien la escucha.

Cuando doy malas noticias sonrío. Es una sonrisa de esperanza. Es una sonrisa para que se unan a mí, para que sepan que no hay nada perdido, y que solamente estamos iniciando la primera batalla, que hay que estar preparados para luchar con ganas, y que no hay nada escrito. Porque cada caso es único, porque cada lucha es única, porque nunca sabemos en que momento dejaremos de habitar nuestro cuerpo.

1 comentario en “313º -Cuando doy malas noticias, sonrío”

  1. maravillosa reflexión, la palabra cáncer solo es eso, una palabra y ya se sabe que muchos se curan, porque toda enfermedad tiene su origen en malos hábitos que en altísimo porcentaje podemos superar, como el deporte mismo, enseñanzas de vida

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