Estoy viendo el conducto hepático derecho por dentro, a través de un endoscopio que he introducido por el orificio papilar situado en el duodeno, que no llega a los 4 mm de diámetro. Me permite ver, lavar, e introducir ciertos dispositivos para biopsias, sacar piedras, romperlas… y todo eso que, si lo pienso, si echo la vista atrás, era como ciencia ficción hasta hace poco.
La señora que está en la mesa de exploraciones, viene con la sospecha de que algo está obstruyendo la salida de la bilis de la porción derecha de su hígado, pero no ha habido imagen radiológica que haya sido capaz de discernir que está pasando, así que ha acabado en nuestras manos, y la sospecha de que pueda ser algo tumoral pulula en nuestras cabezas.
La primera parte de la exploración se hace sencilla. Llegar al duodeno, entrar en la papila y ampliar su orificio para que luego podamos colarnos con el colangioscopio, que así se llama este endoscopio enano que podemos meter a través del canal de trabajo del duodenoscopio.
Resulta también sencillo, en esta ocasión, introducirnos en la vía biliar con esta minicámara que no puedo evitar me recuerde a la película El Chip Prodigioso, y empiezo a ver, entre alucinada y maravillada, el conducto biliar por dentro, como si fuera magia. Y llego a la bifurcación, porque es algo así como si estuviéramos ascendiendo por el tronco de un árbol para luego ver sus ramas. Y en la rama que nos preocupa, nos encontramos una piedra brillante, tirando a tonos grisáceos y negros, con una parte más blanca, que se ha quedado alojada justo en la unión con el conducto principal. Y por un momento, salto de alegría, porque la enfermedad innombrable en esta ocasión, contra todo pronóstico, parece que no está.
Y loca de contenta lavo y consigo sacar esa piedra con los mini-instrumentos que podemos manejar a través del colangioscopio, y luego aparece otra. Y otra. Y otra más… y las vamos lavando y sacando una a una, de unos conductos que no miden más de 3-4 millímetros, cansados de retener la bilis que produce el hígado.
Llevo casi tres horas de pie, con chaleco y falda de plomo puestos, chorreando de sudor.
Durante estas tres horas en las que hemos ido fragmentando y sacando todo lo que no debería estar ahí, Mª Carmen, a mi lado, ni se ha movido, concentrada en la tarea de aliviar a V, que permanece dormida gracias a Javi en la cama de operaciones mientras nosotras seguimos escarbando en su vía biliar, mientras comentamos cosas serias, y alguna que otra superflua que nos haga más soportable la bipedestación inmóvil que empieza a entumecer nuestras rodillas y tobillos. Noto como los pies se hinchan. De vez en cuando me pongo de puntillas, cambio el apoyo, tal vez doy un minisalto…
Hemos tenido que suspender la última exploración. Nos ha comido el tiempo. Nos ha dejado exhaustas.
Tenemos que seguir trabajando por la tarde, que hay citadas 11 endoscopias para quitar la lista de espera.
Conseguimos comer a las 15 horas.
Los pacientes, los que vienen por la tarde, tienen que esperar.
Tal vez se molesten. Otros lo entenderán.
Lo que es seguro es que, después de comer y descansar media hora, cambiarme el pijama que llevaba chorreando de sudor, y tomar un café, recibirán toda la atención que merecen. Aunque en esta ocasión se me haya hecho un poco tarde.
-¿Cuanto tiempo va a tardar esto, doctora? -El que necesite.
Y es que, aunque queramos calcular tiempos, no siempre acertamos. A cada uno, el tiempo que necesite.

