Si sigo aquí mirando el techo, dentro de poco no habrá opción.
El viento golpea con fuerza la cristalera de la terraza y empieza a ser desagradable, pero ni si quiera tengo ganas de levantarme para cerrar el ventanal de mi habitación y así amortiguar el sonido de las hojas de cristal que aguantan las embestidas de este día de mierda.
Sigo mirando al techo con pensamientos revoloteando por mi cabeza, entremezclando cosas urgentes con lejanas, cosas importantes con las que no lo son, sintiendo vagamente una losa sobre mi pecho, porque está comprobado, la inactividad, pesa, pero arrancar, hoy, parece que cueste más.
Otro día de pollos si cabeza en la sala kinder, en la que entrabas con la idea de hacer una cosa, y surgía la necesidad de hacer otra, en la que las urgencias paraban la sala, en las que los cambios de tubo estaban asegurados, en los que demasiadas personas tenían que intervenir, y ya se sabe, a mayor variabilidad, mayor posibilidad de que las cosas no salgan.
Pero salieron. Y muy bien.
El cansancio físico se recupera fácilmente con la alegría mental. Al menos momentáneamente.
La descarga de adrenalina que deja los depósitos a cero en ciertas circunstancias al final parecen tener el mismo peso que una paliza física que tarde o temprano saldrá a la superficie.
Un cocido en casa de mi madre.
Ni si quiera me he preocupado de que son cerca de las 4 y si quiero entrenar no debo comer demasiado.
Como hasta reventar. Hasta reventar yo, que para otro sería un plato de lo más normal. El cocido, las berenjenas fritas , los pimientos asados… para una madre todo es poco. El café, los dulces de semana santa. Hija, para una vez que los compro… pues un rosco, y un pestiño, y ya no puedo más.
Volvemos a casa para coger la ropa de las pequeñas, que van al vóley.
Que si yo voy al gimnasio, pregunta Alex. Que el viento sopla de forma huracanada y han cerrado el estadio. Que él se va con Daniela. Que yo me siento como el lobo que se comió a los cabritillos y luego se los cambiaron por piedras.
Y así sigo. Mirando el techo.
Se van.
Me obligo a levantarme y veo la casa como si fuera un vertedero, y me da por limpiar.
“A esta señora le ha dado por limpiar, papá”. Dice Daniela cuando entra por la puerta.
La señora vuelve a yacer en la cama tras 90 minutos de limpieza intensa, que hasta en eso voy contrarreloj. Son las seis y cuarto de la tarde. Dentro de poco no tendré que decidir si entreno o no. Dentro de poco no habrá tiempo. Ganas siguen sin haber.
Alex me insta a que vaya. Y me entran menos ganas todavía, como cuando a un niño chico se le dice una cosa y hace justo la contaría por puro orgullo. Ahora me río.
Y de repente, el desgano da paso a un pensamiento necesario: como no vayas, vas a estar de mal humor, día perdido, con todo lo que te has zampado, con la falta que te hace la droga que se libera solamente con moverte. Y como una drogadicta con el mono puesto, cojo la mochila y salgo por la puerta. Son las siete y media pasadas.
El viento sopla sin tregua. Las palmeras están peinadas hacia atrás. Por la rendija de la puerta de mi golfillo rojo se cuela el viento, el mismo que una vez casi me arranca esa puerta. Voy en pantalón corto, muerta de frío. Lista para empezar en cuanto llegue y que no haya tiempo a un renuncio.
20 minutos de cinta a ritmo progresivo, una media de 4:30 el kilómetro y los ejercicios de fuerza que me han mandado para que mejore de lo mío, que aun me duele. Parece que menos.
El humor, el mal humor, desapareció. La losa del pecho se esfumó. Me siento ligera, relajada, contenta, lista para lo que venga. Reseteada. Eso es, reseteada. Escribiré esta palabra en la pizarra que tengo en mi habitación.

