Y aunque lo sabía y no tenía ninguna duda, necesitaba las pruebas.
La decepción apareció, y decidí que no se quedara.
La decepción me dejó en silencio, a solas con mis pensamientos, en una vuelta a casa en un coche lleno por mis hijas y mi marido, pero yo a solas con mi decepción.
Ayer hablaba de elegir cual va a ser la respuesta a lo que nos pasa. La elección tal vez comience en el mismo momento en el que comienza la respuesta. Tan malo es prolongar en exceso un sentimiento desbordante de felicidad, como hacerlo con uno que te hunda en la miseria. A todo hay que darle su tiempo justo. Hay que sentir, que para eso estamos aquí, para sentir.
La decepción se adueñó de mí desde el mismo momento en que me paré a falta de 300 metros para el final. Mi decisión fue anterior. La decisión de retirarme se había iniciado al paso de los 400, cuando sentía como el gemelo derecho se tensaba demasiado, y como las caderas dolían, y como mi cuerpo no iba. Mi mente solamente se encargó de exacerbarlo todo, de complacerme para que mi elección estuviera sustentada sobre algo físico, y no solo por una rabieta momentánea.
De vuelta a casa hablé poco. Escribí. Recordé como hasta hace unos meses hacerlo, eso de escribir en menos de 20 minutos, era como ir a un terapeuta de los que abundan en las series y películas americanas, capaz de hacerte digerir todo aquello que acontece en tu subconsciente para que pueda ayudarte a ser mejor en lo visible.
Ayer escribí sobre un texto inacabado porque recibí el comentario de Carmela a través del messenger, pidiéndome que siguiera haciéndolo, y porque al abrir el ipad, que últimamente solo había paseado de un lado a otro sin sacar de su funda, me encontré de bruces con un texto incompleto sobre alguien que me hizo sentir, sobre aquella paciente de ojos hundidos subrayados por ojeras sobre un rostro tan falto de color.
Y resultó terapéutico.
Disipó la decepción. Y lo hizo aunque no escribiera sobre aquello que en aquel mismo instante sentía y sobre lo que habría querido escribir. Porque mientras tecleaba, recordé que cada uno de nosotros fabrica el mundo en el que vive, y que el mío no era de decepción, aunque la respuesta inicial al dejarme ir en la curva de la segunda vuelta hubiera sido esa.
La decepción llena la boca de un sabor amargo, el pecho de vacío, y los ojos de tristeza.
Si la dejas se expande, si la controlas y le buscas el sentido, o el sinsentido, te servirá para continuar y ser mejor.
Yo elegí correr a sabiendas de que no estaba para hacerlo. Esperaba que tras esos tres días de mialgias, fiebre y mal dormir, mi cuerpo, de repente, hubiera optando por tomárselo como un descanso del esfuerzo físico y solo 24 horas después estuviera a pleno rendimiento. Y supe que no era así en el momento justo en el que empecé a calentar, cuando sentí que mi pelvis se quejaba en cada zancada, y mi gemelo derecho se encogía demasiado en repuesta a un simple trote.
La decepción, si la dejas, se expande y te hace creer que nada de lo que hiciste esta temporada ha valido la pena. No pones las cosas en contexto y piensas que solamente son justificaciones para hacerte sentir mejor, hundiéndote, si puede ser, un poquito más.
Antes de llegar a casa, antes de que acabara esa hora y media de trayecto, ya estaba bien, ya conseguía desechar cada unos de los “y si…” que iban surgiendo, en lugar de explorar cada uno de los mundos paralelos que las diferentes decisiones hubiera acabado creando. Me quedé en mi mundo, en el que yo había decidido.
Hoy, otra nueva oportunidad. No para mí, sino para Daniela. Su Campeonato de Andalucía sub18 comienza esta tarde. Hoy seré madre, fan, animadora… y todo lo que ella quiera.
El orgullo se comió a la decepción.

