341º fragmento-La centésima que cerró una puerta

Aún llora.

Martina no lo haría, parece carecer de lágrimas salvo para expresar rabieta, pero nada de tristeza, solo como escape de la furia. En lugar de fuego por las orejas, le sale agua por los ojos. Ella es así.

Su hermana mayor es más bien llorona y fácilmente emocionable desde chica. Ya se le veía en las carreras de los pueblos corriendo con lágrimas en los ojos que casi no le dejaban ver por el camino que tenía que seguir. Pero no lo podía evitar. Y sigue sin poder.

Lo trabajamos. Lo hablamos cada vez que pasa una tempestad. Controlar un poco esas emociones que a veces atraen demasiadas miradas que malinterpretan esas lágrimas que florecen de forma automática por casi cualquier cosa. Yo era así. Lloraba bastante fácilmente. Algo tendrá que ver, para eso es mi hija.

Ha sido un fin de semana plagado de éxitos y sin embargo una centésima lo ha llegado a teñir, de forma fugaz, de decepción. Ésta, tal vez, mayor que la mía del sábado. Ésta, tal vez, porque pululaba sobre nuestras cabezas cuando casi teníamos todo planeado, siempre dejando paso a la posibilidad de que no fueran las cosas como deseábamos.

Hotel sacado con derecho a cancelación. Billetes de AVE desde Madrid con derecho a cancelación, que nunca se sabe, aunque cuesten un poco más, que si no, parece que estamos tentando al diablo.

El fin de semana empezó el viernes con la puesta de bandas de secundaria. Una secundaria que no puede haber pasado ni más rápido, ni más brillante, acompañada de sus amigos, disfrutando de un día inolvidable, como muchos otros de los que ahora, en esta etapa de la adolescencia, recordará para siempre con una conexión directa al límbico, para que pueda revivirlos una y otra vez. No se lo cree. 4 años que han pasado en un pestañeo. Un expediente académico inmejorable.

Supo disfrutar de la fiesta e irse temprano a casa. Las dos cosas no son incompatibles, y ella parece haberlo aprendido ya con una madurez que ya quisieran muchos de 30. La observo y admiro a partes iguales, aunque ella no lo crea.

El absoluto fue mi decepción, pero en parte, y solo al principio, también un poco la suya. Desconectó de una carrera cuando se quedó pensando en que el tiempo de paso había sido demasiado lento. Si piensas no estás a lo que estás, pierdes la atención, y cuando cambian, tú ya has perdido 5 metros irrecuperables que se van multiplicando mientras arrancas. Su cuarto puesto en un andaluz absoluto, con un 2:14 y pico, la dejó fría. Yo, desde el final de la curva, la miraba cruzar la meta con más fuerza de la que debería haberle quedado.

A la vuelta nos tocó análisis, y borrón y cuenta nueva, que la carrera suya era el día siguiente, en el mismo sitio, casi a la misma hora. Volvimos a casa, a una hora y media, para descansar bien y volver a por más.

Tal vez uno de los mejores 800 en un campeonato andaluz sub18, en el que ella se encontró en cabeza y no supo, o no quiso, o no pensó, en frenar el ritmo. “Tampoco era excesivo, mamá, 1:06 la primera vuelta”. Y yo, desde la otra punta, veía como ella mantenía esa primera posición, y como a falta de 100 metros, parecía que estaba para ella, y como a falta de 10 metros pensé que no, y como corrí hacia la meta sin saber quien había ganado finalmente.

Por una centésima, fue segunda: 2:12.85 vs 2:12.84.

Esa centésima cerró una puerta esta mañana. No estaba en el listado de convocadas por la federación andaluza para el Campeonato de España por federaciones sub18. ¿Cómo no iba a llorar?

Pero quizás, también abrió una ventana. Nunca se sabe. De momento, ya estamos tirando de la manilla para que se abra.

Seguimos en el camino, y por suerte, todo se podía cancelar.

Bueno, por suerte no, por saber que hay centésimas que valen más que todo lo demás.

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