Mi primogénita nunca había pensado en ser médica.
Había visto a su madre con sus horarios, sus guardias, sus tardes, sus preocupaciones, la incertidumbre de contratos mes a mes, a veces al 75%… Había visto la precariedad, sin saber aún lo que eso significaba.
Daniela me recordaba que hubo un tiempo en el que no había visto a su madre, a mí, durante mucho tiempo, cuando de repente los contratos eventuales, que duraban más tiempo del que a ninguna otra empresa se le habría permitido, pasaron a ser “mes a mes” al 75% de la jornada laboral. Te enterabas dos o tres días antes de si trabajarías al mes siguiente.
En ese momento, yo había firmado 3 meses antes un compromiso de contratos anuales durante 4 años para hacer CPRE y ecoendoscopia en el hospital en que me formé. Pero todo aquello, en aras de la crisis, quedó en papel mojado.
Así que su madre (yo) desapareció de la escena familiar cotidiana.
Con una hipoteca que pagar, una niña de 4 años y otra camino de cumplir 6 meses, la inestabilidad era sinónimo de insomnio, ansiedad, miedo, y desesperanza. Llevaba trabajando desde junio de 2006 como facultativa especialista de área, desde que terminé la especialidad en mi Almería natal. Era septiembre de 2013 y mi jefe me llamó indignado para decirme que en principio no habría contrato para el mes siguiente. Entonces yo, un mes antes, ya había decidido poner un pie en una privada en la que “me dejaban” hacer poco más que una consulta. Poner los huevos en otro cesto, me decía, porque los del primero corrían grave peligro.
Finalmente en septiembre sí tuve contrato. Se dieron cuenta de que si no, no se podrían hacer las ecoendoscopias y parte de las CPREs. Y así se fueron renovando mes a mes, pero siempre con la incertidumbre.
Para ejercer en la privada, renuncié al complemento de exclusividad (unos 800 euros), comencé a pagar autónomos, aumenté la póliza del seguro de responsabilidad civil y pagué el alquiler de las horas que hacía uso de la consulta. Más adelante invertí en un ecógrafo, para mejorar la asistencia.
Las jornadas que no estaba en la pública, trataba de echarlas en la privada para ver si poco a poco me iba haciendo con una consulta que me fuera rentable, aunque al principio no contara con más de 5 pacientes de seguros privados por los que apenas me pagaban 15-20€ brutos la primera visita, y 8€ la revisión, según qué aseguradora.
Los contratos al 75% mes a mes en la pública se prolongaron durante 2 años y medio.
Tres años tenía Martina cuando empecé a vislumbrar que tal vez los contratos en la sanidad pública volverían a ser del 100%. Era 2015. Ya llevaba casi 9 años de adjunta en el hospital. Iba a cumplir 38 años.
9 años de contratos eventuales, de “contratos virtuales” durante las bajas maternales. 9 años en los que me tuve que incorporar a trabajar a las 16 semanas justas de haber dado a luz si no quería perder un contrato. 9 años en los que durante las bajas maternales no se prorratearon las guardias y no hubo derecho a lactancia. 9 años de formación a costa del tiempo personal y familiar, de noches sin dormir, y de ninguna inversión por parte de mi empresa. 9 años durante los cuales solo hubo dos oposiciones (una consolidación de empleo, y otra con menos de 20 plazas para toda Andalucía en la que el tiempo trabajado me dejaba fuera en la fase de concurso)…
Odio la huelga médica profundamente. Me deja un hueco en el sitio exacto donde se encuentra el corazón.
No puedo evitar mirar qué pacientes tengo citados ese día por si acaso no pueden esperar.
Pero ya me cansé. De hecho, me cansé hace mucho más tiempo del que soy capaz de reconocer, pero lo olvido constantemente. Y lo olvido porque encuentro la satisfacción en la sonrisa de mis pacientes, en un trabajo bien hecho, en la empatía de mis compañeros, de la enfermería…, en las ganas de seguir aprendiendo para ser mejor médica, mejor endoscopista. Porque me gusta la forma de trabajar en la pública a pesar de todas las trabas administrativas y la sobrecarga asistencial.
Mi hija no quería ser médica porque me ha visto a mí. Ha crecido viendo a su madre luchando por llegar al sitio donde ahora se encuentra, con 48 años.
Mi hija, probablemente, va a estudiar medicina. Pero, tristemente, no piensa que su sitio esté en la pública. Y cada vez son más los residentes que huyen de este sistema que nos asfixia y maltrata, porque ya no tienen miedo, porque saben idiomas, porque viajan y saben de lugares mejores… Y no es por falta de vocación, es por la búsqueda de la dignidad.

