La inmediatez y la accesibilidad que nos dio nuestro smartphone se llevó nuestros periodos de reflexión, aquellos minutos a solas con nosotros mismos, el aburrimiento que lleva al niño a descubrir formas nuevas de entretenerse, a poner en marcha su imaginación, a dejar de quedarse pasmado ante la pantalla tonta.
Empezamos por quedarnos embobados mirando la pantallita mientras jugábamos a un juego absurdo de una serpiente que iba comiendo para hacerse cada vez más grande, con movimientos imposibles para no chocar su boca con el resto de su creciente e insaciable cuerpo. Cualquier cosa que nos permita no pensar nos engancha, y sin embargo, necesitamos tanto pensar. O tal vez no.
Los periodos de reflexión sobre nosotros mismos, sobre lo que ocurre a nuestro alrededor, sobre lo que le preocupa a mi prima, o sobre lo que puedo hacer con este asunto, se diluyeron y dejaron de tener espacio porque las noticias al instante, el vídeo que me mandaron por whatsapp, las conversaciones de los mil trescientos grupos, los mails, la posibilidad de consultar cualquier cosa en cualquier momento… ocuparon ese espacio que ahora nos parece innecesario.
Esperábamos en cola de paradas de bus, en el metro, en la consulta del dentista, en la del médico, en la seguridad social, a que nos atendieran en la cafetería… sin nada que hacer, abstraídos en nuestros pensamientos, o entablando una conversación con el de al lado o con quien nos acompañaba. Era un tiempo que sustituimos por parecernos muerto y, sin embargo, probablemente nos daba la vida.
Ahora necesitamos buscar un momento para eso, para no pensar en nada o para reflexionar en algo. Si puede ser en 5 minutos mejor, que no tengo tiempo.
Ahora nos chocamos por la calle porque andamos como autómatas, ciegos al mundo real aunque tengamos ojos porque están posados en la pantalla que nos acompaña tanto, que nos sentiríamos desnudos si la abandonásemos.
Nuestros pensamientos dejaron de tener espacio y lugar para expandirse y hacerse presentes, y empezamos a desear cada vez más lo que nos muestran, que lo que realmente deseamos, aquello que ni si quiera podemos saber porque jamás le dedicamos un pensamiento.
Y mientras tanto, cuanto más uso hago de este aparato del demonio que vino a quitarme tiempo conmigo misma, peor me siento. Y sin saberlo, cuando consigo dejarlo abandonado más allá de dos habitaciones en mi casa, poco a poco me voy sintiendo libre y sin necesidad de chequear continuamente si entró un mensaje, un like, o un correo electrónico. Y al mismo tiempo me siento esclava porque todo el mundo espera que de alguna forma contestes inmediatamente por la vía que sea.
¿Es que no viste mi mensaje? Pues si tan importante era, haberme llamado.
Y ahora, lo tengo siempre en silencio. Y aun así, me descubro muchas más veces de las que me gustaría abriendo cualquier app de las que anidan en sucesivas pantallas de inicio.
Pero tengo suerte, en parte. A mí, me quedan los minutos que paso corriendo, haciendo deporte a solas. Libre mi cuerpo de otra cosa que no sea seguir una especie de ritual que me permite dejar que mi mente divague por sitios insospechados, deshaciendo tinglados, quitando preocupaciones, buscando nuevos retos, desechando otros…
No quiero tener que buscar de forma consciente un lugar y un tiempo para poder meditar. Quiero ese espacio que me he dejado arrebatar por una maquinita.
¿Y tú?

