Entre la tristeza de terminar con estos días eternos de playa, o de lo que apetezca, y las ganas de volver a pisar el lugar de trabajo, ver a la gente, paseando el moreno que lejos de ser algo saludable es una defensa del cuerpo hacia los rayos solares (lo he escuchado en el telediario), voy pasando este último día de vacaciones.
Este año nos quedamos cerca.
Este año se lo dedicamos al Cabo. Pero no a la playa que más me gusta, esa situada entre las salinas y el barrio de Cabo de Gata (cualquier punto de ella, pero no a menos de 500-600 m del Torreón de la Guardia Civil), sino en el barrio. Al final, agosto rebosa cualquier sitio. La playa al lado del minúsculo paseo marítimo se convierte en el Zapillo del Parque Natural, y cualquier hueco que quede entre sombrillas será suficiente para que alguien lo elija para poner sus bártulos playeros según vaya pasando el día, haciendo prácticamente imposible que puedas llegar al agua sin pisar algo ajeno. Esto no me gusta.
De la quietud del mar a las 8 de la mañana, cuando salimos a correr en dirección a la Ermita, con las piernas aun sin despertar, pasaremos al leve rizado fruto del viento que empiece a levantarse. Sin olas si el viento viene de levante; con olas que pueden llegar a ser tremendas si el viento es de poniente o del sur. En dos semanas ha dado tiempo a pillar días de todo tipo, salvo de lluvia, esa se reserva para la feria de Almería, que dicen los antiguos que siempre llueve.
La mejor hora, la que da el reloj en el momento en el que el sol comienza a esconderse detrás de las montañas. En el momento en el que el borde inferior de la esfera rojiza toca la tierra, desaparecerá en cuestión de minutos. Nunca una foto en la playa fue más bonita que en la “golden hour”, como dicen mis niñas.
Y el mar, vuelve a la calma de la mañana.
Quince días es el tiempo preciso para empezar a echar de menos las comodidades de tu casa y para comenzar a quejarte de la rutina de ir todo el día en traje de baño, untado en crema protectora solar, y con la sombrilla, tabla, sillas, toallas… y todo lo que quepa en nuestras diez manos para recorrer los poco más de 100 metros que nos separan de la playa. Tardes eternas en la arena hasta que nos eche el frío del mar o los mosquitos. Tabla, palas, castillos, voley, buceo, baños… Vuelta a la casa de alquiler, ducha, cena y paseo.
Hoy recordábamos como hace dos años, en los que pasamos todo el verano así, a pesar de tener yo que ir a trabajar la mitad del tiempo, se nos terminó haciendo un poco aburrido. Y es que de todo se cansa uno.
La vuelta a casa, con el fin de vacaciones de los demás en el horizonte, se me presenta como lleno de oportunidades para prepararlo todo para el verdadero inicio del año, ese que empieza justo cuando las niñas van al colegio, con más objetivos, propósitos, y sueños que cualquier enero que puedas imaginar.
Tengo ganas de empezar a trabajar, de volver a cierta rutina, de ordenar la vida, de seguir trabajando por objetivos, de descubrir otros nuevos, de resetear lo que no me guste…
La emoción hay que buscarla en todas partes. La emoción está en todas partes.
El final de las vacaciones, está lleno de oportunidades.
Me gusta no vivir ansiando que vuelva este periodo que ya se acaba. Me gusta no sentirme identificada con aquellos que trabajan en pos de las vacaciones. La tristeza de acabarlas, el inicio de la cuenta atrás, como si del fin de los sanfermines se tratara.
No es que tenga ganas de trabajar, es que tengo ganas de seguir viviendo. Supongo que a esto se le puede llamar bienestar.

