Siempre envidié a aquellos que supieron dirigir sus pasos en una sola dirección, sin necesitar anteojeras, solo llevados a seguir hacia delante por un impulso de origen desconocido que en un momento se disparó e hizo innecesario cualquier otra ocupación que no fuera en pos de conseguir el objetivo vislumbrado en la distancia.
Yo me pierdo en horizontes.
Es como si mis diferentes metaversos se hubieran entremezclado, sin que ninguno de ellos sea capaz de coger el timón para dejar en paralelo al resto. Y descarrilo una y otra vez, y tal vez por eso tenga la sensación de que todo se queda a medias, sin ese colofón final.
La taxista me cuenta que lo ha pasado fatal.
Son las dos de la mañana pasadas de un viernes que ha estado lleno información, de cosas nuevas que integrar a la práctica clínica diaria, de otras que desechar, de otras que aprender, y de otras muchas por las que luchar.
Necesito las ganas.
La mujer me cuenta, justo después de colgar el teléfono a algún familiar al que seguramente le estaba contando lo mismo con todo lujo de detalles, que lo ha pasado fatal, que nunca lo había pasado tan mal llevando a una clienta. Que la pobre no paraba de llorar de camino a Dos Hermanas, que hablaba con el altavoz puesto con su madre. Y lloraba. No podía dejar de llorar.
Y yo pienso que nunca tuve fuerza de voluntad para quedarme hasta tarde. Que salir no me gustó demasiado, que soy más de madrugar. Que a las once, cuando apenas empezaba a cenar en un sitio precioso a las orillas del Guadalquivir y al lado de la calle Betis, yo ya deseaba estar en mi cama.
Y basta con que le pregunte, por cortesía, algo, para que me cuente con todo lujo de detalles como la chica, con 38 años, ha descubierto que su marido le ha sido infiel con su hermana. Porque claro, ella algo sospechaba, y con dos niños, el menor de un año, decidió contratar a un detective. Pero nunca pudo imaginar que fuera con su hermana. Y hablaba con su madre, por el altavoz del teléfono. Y lloraba que se escurría.
Claro que mucho peor es lo que le ha pasado a su hijo, que con 20 años lo ha dejado con la novia, y el pobre no levanta cabeza desde el verano. Que también llora, y que se pregunta una y otra vez si algún día podrá volver a querer a alguien como ha querido a Gloria. Por supuesto que no. Imposible. Le ha dicho su madre. Como el primer amor ninguno, que ella se acuerda mucho del primero.
Y yo solo quiero llegar cuanto antes y dormir.
Que mañana esto continúa y quiero ir al vídeofórum de endoscopia digestiva para saber como se las gastan en otros hospitales de mayor renombre. Como resuelven sus problemas. Como de nuevo se presentan casos únicos.
Y llego, y no tengo sueño.
Fue mejor el paseo de regreso de ayer desde El Cavildo que el viaje en taxi de hoy.
Y pienso en la cena, en Aurora y en Silvia, en sus ganas de que todo funcione mejor, de seguir mejorando. Y me siento responsable de hacer que todo funcione, o de hacer algo más. Y escucho a Aurora preguntándome una y otra vez que cuando me voy a incorporar al 100%, y entonces, eso que evito pensar, regresa, porque tal vez sea hora de volver y de hacerlo mejor.
Como decía Mª Carmen, “galguita, piensa en los demás”.
Y de repente, me siento egoísta.

