Casi una semana con el cuerpo desprovisto de cualquier actividad física que no sea subir la cuesta que me lleva al hospital desde el descampado en el que consigo aparcar el coche, y las escaleras que me llevan hasta la séptima planta, o la cuarta según toque. Si me ves cogiendo el ascensor, es que estoy mala. Esa es mi mayor actividad física en los últimos 5 días.
Y estoy más cansada que nunca.
A veces ocurre.
Creo que siempre me ha ocurrido.
El cuerpo parece haber calculado hasta dónde mantener la tensión para luego descuajaringarse sin ningún remedio, tal vez un poco impulsado por la caída en los relevos. Quién sabe.
El caso es que la semana ha transcurrido entre mucho trabajo, entrevistas que aun coleaban, recuperar el sueño de la vuelta de San Sebastián, y sanar las heridas de guerra. Como complemento y secundario al destensado tras la tormenta, empezó un resfriado poco aparente de dolor de garganta, malestar de piel hipersensible y cabeza embotada, y algún moqueo que otro, tan flojo que no precisaba de medicamentos, lo suficiente para estar de mal humor si me fijaba demasiado en los síntomas.
Lo que no se va es el dolor en la inserción de los isquiotibiales izquierdos. No se va y me preocupa.
Y sin embargo, esa preocupación ahora se queda latente. Lo físico dejó paso a la preocupación relacionada con el trabajo, con cosas que hacer, que preparar, que organizar, que reconsiderar… Ocupada el 100% en estas tareas hace parecer casi imposible que encuentre en un futuro tiempo suficiente para sacar algún entrenamiento, aunque estoy segura que en el momento en el que me llegue la prescripción de Roberto con la semana siguiente, todo se pondrá en marcha para encontrar huecos impensables y estirar al máximo el día.
Pero el culo me preocupa.
Me preocupa no dedicarle el tiempo que merece para poder comenzar la temporada al aire libre sin dolor y sin miedo a correr velocidad. Me preocupa seguir empeorando las cosas o tener puesto el límite en el bocado que me para, el dolor que va acumulando intensidad hasta hacerse insoportable y omnipresente.
De momento, estoy sentada en una pelota de fitness, movilizando la cadera mientras escribo lo que me preocupa.
Mientras tanto, pienso en fortalecer todo lo que me han dicho que fortalezca, pero con poca fe. De momento, me planteo trabajar tener fe en lo que hago porque si no, no va a funcionar.
Aprovecho este día de lluvia insólita en Almería para permanecer en casa, tras más de cuatro fines de semana que esto no ocurría, para cansarme de descansar, para estar tirada en el sofá, leyendo, revisando pacientes, revisando técnicas de endoscopia, organizando mentalmente lo que viene, e intentando deshacer el ovillo en el que se encuentran inmersas todas las tareas pendientes.
Las transiciones de temporada son nuevos comienzos. Son puntos y aparte que pausan virtualmente el tiempo para poner de nuevo todo en orden. Me gustan.
Los objetivos se reparte en varias facetas. La profesional, la familiar, la del ocio, la de mi deporte amado. Una no puede ser sin la otra, porque todas se retroalimentan e impulsan. Todos son necesarios para un desarrollo equilibrado, para ser todo lo que quiero ser.
Pero ahora me preocupa que no deje de dolerme. Y esa idea persistente se hace demasiado hueco en mi cerebro, y la pongo en espera hasta que empiece la semana.
Mientras tanto, trabajaremos la fe. Porque el verano nos espera para seguir disfrutando, porque aun mi cuerpo no ha dicho basta. Porque seré la liebre de Daniela. Y porque no dejaré que me gane aunque quiera que lo haga.
Pero ahora, mi culo ocupa mi cabeza.

