334º fragmento -Destensando hilos

Mil hilos tirando de cada músculo de mi cuerpo me mantienen en una tensión que en ocasiones se hace tan excesiva que se materializa para que pueda ser consciente de ella. Tal vez para que ponga remedio antes de quedar desencajada en mil pedazos. Los dientes permanecen en contacto con el aire de forma permanente y no hay quien cierre la boca; la frente permanece arrugada de forma ininterrumpida; las patas de gallo parecen hechas a cincel y cada vez mas profundas; el esternocleidomastoideo está a punto de desprender la mastoides de mi cráneo; y la respiración hace ya tiempo, días inclusos, que se hizo superficial, dejando que el espacio muerto de mis alveolos adquiriera mayor importancia.

El aire remansado en mis alveolos, con falta de renovarse, tal vez mecido en un ligero vaivén que lo engaña haciéndole creer que esta vez el saldrá por mi boca o mis coanas… pero se queda con las ganas, porque tanta tensión a atenazado hasta el diafragma, y éste no colabora ni en la expansión de mis pulmones, ni mucho menos en su contracción para exhalar hasta el último residuo.

Y hoy decidí que iba a estar relajada. Bueno, lo decidí hace unos días, que cuatro días sin aparecer por el trabajo y olvidando que soy médica dan para mucho. Pero hoy lo puse en práctica.

Empecé por otra cosa.

El viernes, de sobremesa extensa con mis cuñados, casi hasta la hora de cenar, dimos un repaso a diferentes familias de nuestro entorno, y a como de cada una, de cada una de esas personas que se nos presentan en algún momento, podíamos coger lo bueno, aquello que se ajusta a nuestro criterio de bondad.

No somos perfectos, ni siquiera sabemos en que consiste la perfección, pero si que somos conscientes de cuanto podemos mejorar, y de en qué podemos mejorar, tal vez no del cómo, pero está guay descubrirlo.

Empecé el sábado por dejar todo en su lugar, por recoger en el momento, por no procrastinar ni si quiera en la cosa más sencilla. Empecé por colocar la ropa en el mismo momento en la que me la quitaba, en acarrear aquello que no estaba en su sitio, en buscar ese sitio para aquello que parecía que nunca lo hubiera tenido, en hacer las cosas sin titubeos, sin posponer ni si quiera lo menos importante… Y lo hice sin agobios, sin dejar entrar a la sensación de hastío que a veces, muchas, acompaña a todo aquello que no te apetece hacer.

Y de forma consciente fui “destensionando” cada uno de los hilos que tiraban de mi frente, de mis comisuras, de las circunvoluciones de mi cerebro, de mis mastoides, de mis lumbares… y el aire empezó a entrar, y el que estaba aburrido de ocupar mis alveolos comenzó a salir, a renovarse por otro.

Esta mañana llegué así al trabajo tras dejar el coche en los alrededores lejanos del hospital para subir la cuesta que termina de despabilarme por las mañanas. Escuché como la gente se quejaba de lo corto de los días de fiesta, de lo cansados que estaban con el cambio de hora, de las pocas ganas que tenían de trabajar un lunes de reseca postminivacaional… “pero bueno, ya está, hay que pasarlo”. Y yo, para mis adentros, deseaba que fueran conversaciones banales parecidas a los que se tienen en un ascensor con un vecino con al que apenas conoces y solo hablas del tiempo, porque si no, no habría podido dar rienda suelta a las ganas de zarandear a todos y cada uno de ellos.

Porque yo, que venía destensada y con ganas de todo tras cuatro días alejada del hospital, no podía ponerme en el lugar del que hablaba como si hubiera llegado para pasar 8 horas picando piedra.

Hoy el trabajo se hizo sencillo, aunque no lo fuera.

Hoy hice más sencillo el trabajo para los demás.

O eso espero.

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