338º fragmento -Que ganen los buenos

De vez en cuando la pregunta revolotea sobre nuestras cabezas.

Probablemente en endoscopias comparta más conversaciones, preocupaciones, momentos de estrés, de risas, de tristeza, de. nerviosismo…, de todas las emociones que se te puedan ocurrir, que en mi propia casa.

Son 7 horas diarias de aunar esfuerzos con un mismo objetivo, con estrés compartido, con motivaciones distintas, con mochilas invisibles llenas con distintas piedras, con humores alterados y otros más equilibrados…, con todo lo que pueda suponer poner en marcha una maquinaria en la que las principales piezas son personas, distintas en todo, parecidas en casi nada. Tal vez ellas me conozcan más que incluso mi propia familia. O tal vez solo en un contexto distinto.

El sentido de la vida, ¿cuál es?

Ni idea.

Yo vivo la vida con un sentido que se puede ver escrito en un aseo de cualquier lugar público: “Déjalo como te gustaría encontrarlo”.

No se me ocurre otra manera mejor de guiar los pasos en este mundo que nos ha tocado vivir, donde a veces, muchas veces, suelo pensar que mi infancia fue mucho mejor que la de mis hijas, y probablemente que la de mis padres. Si echo la vista atrás estoy absolutamente convencida de que me tocó el mejor momento para vivir, aquí, en España, concretamente en Almería. La mejor intersección espacio-tiempo para haber sido una niña feliz, apegada a la vida real, jugando en la calle, alejada de mundos virtuales y metaversos electrónicos, libre de pantallas idiotizadoras y llena de morados en las piernas por los juegos que ahora prohibirían por peligrosos.

Mi infancia fue mejor que la de mis hijas, aunque la suya no sea mala.

No me gusta al mundo hacia el caminamos, pero por otro lado tampoco me quiero quedar atrás, aunque en ocasiones, de forma onírica, me imagine alejada de todo lo que ahora significa progreso, para permanecer fuera de todo el mundanal ruido, de vuelta a la tierra, a lo más natural, a lo más salvaje.

Y sin embargo, me mantengo aquí, cerca de la pantalla idiotizadora haciendo uso y abuso de las redes sociales, asomada a la ventana de historias irreales, todavía un poco crítica, sin dejarme llevar, capaz de controlar, de apagar cuando lo desee, porque tal vez no nací para ser adicta a nada si ya no lo soy a la cerveza.

El sentido de la vida…

Cada uno debería encontrar el suyo.

No creo en nada más allá de lo que vivo, aunque me gustaría hacerlo. Me mantengo alejada de religiones, ritos y farándula aneja. Me mantengo fiel a mis principios, a intentar que la vida de los que me rodean sea más sencilla, a predicar con el ejemplo para mis hijas.

El sentido de la vida, para mí, es que ganen los buenos.

Esto me hace acordarme de la película “Cadenas de favores”. Así lo veo yo. Yo no espero nada a cambio, salvo la gran satisfacción de haber hecho las cosas bien, intentar mantenerme alejada de envidias, de malos sentimientos, desechar cualquier atisbo de odio, de apatía o de rencor, poder justificar una mala respuesta por un mal momento, no dar nada por perdido.

Olvido y camino.

No espero nada de nadie, salvo que en alguna ocasión, si reciben algo que les gustó de mí, sean capaces de darse cuenta de que el mismo sentimiento que yo desperté en ellos, ellos pueden despertarlo en los demás. La recompensa te hace adicta.

Y en ese camino, me hago “madre” de mis pacientes, me calzo los zapatos del familiar que espera en la puerta, no puedo decirle que no a un compañero…, casi nunca.

Casi nunca, porque a veces, espero que pocas, mi mochila invisible puede ser que la haya ido llenando poco a poco y no me haya dado cuenta, y mi respuesta no sea la que esperabas.

Pero eso, solo pasa a veces.

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