34º fragmento -Mi hija no come fruta

“¡Yo quiero llevar al cole galletas y un zumo como mi amiga E!”, ha dicho Claudia, en tercero de infantil, con voz tajante. “Ya no hay que llevar el desayuno saludable”.

A principio de curso de tres años nos dieron un calendario con las recomendaciones para un desayuno saludable: un día de lácteos, dos de fruta y uno de bocadillo. El que faltaba, lo dejaban al azar, pero se podía ver dibujado un croissant o galletas. Las niñas ni protestaban. Llevaban lo que tocaba, deseando que llegara el día del desayuno libre. Bueno, las dos pequeñas, porque Daniela no deseaba comer nada que no fuera saludable (ha nacido con esa ventaja).

Las buenas costumbres se van diluyendo en el tiempo y yo ya no recuerdo que día tocaba qué, pero los desayunos los prepara su padre, y la variedad no va más allá de fruta de temporada, lácteos y bocadillos. El día libre dejó de ser “no saludable”. Protestaron, mucho al principio, ya solamente si se quedan con hambre.

Claudia lo llama comer healthy, no sé muy bien como empezó a decir esa palabra, y la usa de forma zalamera cuando pretende sacarnos algo que sabe que no lo es: “Mamá, ¿si me como algo healthy puedo luego comerme una galleta?”, y se la comerá, pero después del plátano, la naranja, o cualquier fruta que haya cerca (habremos reducido el consumo de galletas en un 75% aproximadamente, y eso ya es algo).

Creo que nos equivocamos al ceder en algo tan importante como la alimentación de los que están aprendiendo. A veces claudicamos a sus exigencias de adictos al azúcar pensando “pobre, para una vez que le doy”. Otras veces puede ser que sea lo más rápido que podamos darle. Coges el bollicao, la magdalena o la palmera de turno y tira millas. La fruta hay que lavarla, pelarla o trocearla, ponerla vistosa para que les guste comerla… porque no da ese chute de glucosa tan esperado.

100 gramos de magdalenas tienen unas 365 kcalorías; 100 g de plátano, 89 Kcal.

El azúcar de las magdalenas se absorbe a tal velocidad en nuestro tubo digestivo (alto índice glucémico), que cuando pasa a la sangre desconcierta a todo nuestro organismo, que se pone a trabajar para guardar todo el azúcar que llega por medio de una elevación desmesurada de la insulina. La insulina abre las puertas de nuestro hígado y músculos para que el azúcar quede a buen recaudo en forma de glucógeno primero, y de grasa después (y esa es la auténtica pesadilla). Guardamos tanto y tan rápido, que al final los niveles de azúcar descienden demasiado en sangre y volvemos a tener hambre. Una ansiedad enfermiza por volver a comer (si es algo con azúcar mejor, que me calme pronto esta desazón).

Somos adictos en potencia al azúcar. Produce tal sensación de placer, que es difícil decir que no a una droga legal, barata, y tan accesible. Para ver sus efectos solo tienes que observar lo que ocurre con un niño pequeño cuando come chocolate (la mayoría sucedáneos o ni si quiera eso) o chucherías. El grado de excitación… Cualquiera diría que es un niño con déficit de atención. Y esos son solamente los efectos inmediatos. No os imagináis a largo plazo.

Darle fruta a Daniela no me ha costado mucho trabajo. Es más, puede que me arruine comprándola para que no le falte, sobre todo tal y como están ahora los precios. Que las otras dos coman fruta nos ha costado un poco más. Hemos tenido que negociar con ellas, explicarles por qué deben comer esto y no lo otro, no comprar lo que no queríamos que comieran, dar ejemplo… pero comen fruta igual que su hermana mayor.

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