194º fragmento -70 años, 45 perfeccionando un talento innato

Como si se hubiera producido en un abrir y cerrar de ojos, pasé a ser tú, la madre, y tú…, tú pasaste a tener la edad que yo suponía que debían tener mis abuelas cuando yo las miraba con mis ojos de niña, pareciéndote a ellas solo en eso, en la edad y en lo de ser abuela.

Empiezas cada mañana con la fuerza de mil gigantes, caminando dirección al mar, ya sea sola o tirando de algún carrito con niño dentro, dándole a las piernas hasta que ya no puedan más para respirar finalmente el aire inundado de sal, el tibio sol de la mañana, y el suave despertar de la brisa que casi con toda seguridad se convertirá en viento cuando el sol se levante solo un poco más.

Desayunos en Mari Castaña inmortalizados en selfies de labios a punto de besar, o de la pareja del abrigo negro prometido con solo dos mangas, acompañados de un “Buenos días, ¿necesitáis algo?”. Y es que no importará lo que tengas que hacer, porque cualquier cosa será aplazable con que solo insinuemos que “tal vez, si pudieras…” o sin ni si quiera insinuarlo. Siempre puedes. Nunca te he escuchado decir que no por muy mal que te haya venido, nunca antepones nada si alguno de tus hijos o tu hija te necesita.

Y es que en cierta manera parece que naciste para ser madre y abuela, y no creo que haya nadie mejor que tú en ese papel. A veces creo que dedicaste tanto a darte a tus hijos y a los hijos de estos, que te olvidaste un poco de darte a ti, y aunque sabemos que preparar esa mesa de domingo con tanto esmero para reunirnos en torno a ella para disfrutar del mejor arroz del mundo te hace sentir la mujer más feliz sobre la faz de la tierra, yo, que comparada contigo me siento la persona más egoísta que haya existido, desearía que tú también lo hubieras sido en algún momento, que te hubieras parado a pensar en qué querías ser además de madre y abuela.

Y sin embargo, otras muchas veces, pienso que nosotros somos lo que somos en gran parte gracias a ti; a tu entrega y sacrificio; a tu generosidad extrema; a tu fuerza de Goliat; a tu amor incondicional; a tus historias y cuentos inventados o aliñados en verso; a tus noches sin dormir; a tu olor que hipnotiza a les nietes en tus brazos de Morfeo; a tu comprensión; a tu pesadez; a tu alegría por vivir; a tus recetas no escritas de arroz a la Carmen, berza, trigo, guisillo, cocido, costillas, lomo en orza, croquetas, boladillos de bacalao…; a tu maquina de coser que nos vistió con modelos únicos durante tantos años; a tu disposición a ayudar en todo lo que se presente; a tu cariño; a tu viaje relámpago a Madrid cuando yo solo pensaba en volverme; a tu empeño con Rodrigo; a tus horas de cháchara con Felipe; a tu paciencia con el nano cuando era chico… a tu amor por todos nosotros, ese que todo lo puede.

Y no es que sea amor de madre, ese vaso hace ya mucho que lo llenaste, porque como tú muy bien dices, no todas las madres son iguales ni ser madre te convierte en lo que esa palabra parece llevar implícito.

Tú, una mujer con muchos talentos, decidiste desarrollar en su máximo esplendor uno de ellos, el de ser la madre en la que todas deberían mirarse. Y nosotros, tuvimos la suerte de nacer de ti.

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