Tratar de explicar a una adolescente que asimila todos los entrenamientos como si todo su organismo estuviera
ávido por demostrar de lo que es capaz… no es sencillo. La tolerancia a la frustración, el comportarse como un deportista dentro y fuera de la pista, y asumir que tal vez hoy no era el mejor día, y no pasa nada… tampoco lo es.
Eso, que ahora me parece tan sencillo, y que a veces, aun sabiéndolo, tengo que corregir el rumbo de mis pensamientos parásitos que me hacen deambular en los márgenes de la pérdida momentánea de la motivación, me ha costado mucho entenderlo: Ver en el fallo una oportunidad para aprender.
Escuchando un podcast estadounidense sobre como 6 corredores de distintas distancias se enfrentaban al fracaso, te hace convencerte de que los fracasos no solamente es que existan y van a ser la mayor parte de una carrera deportiva, y probablemente profesional, sino que además, son necesarios para ir adquiriendo una serie de habilidades que te harán ser cada vez más fuerte y capaz.
Decía uno de ellos, un ochocientista, que el clasificaba los fracasos en dos tipos, los que se deben a circunstancias que tú puedes controlar, y aquellos que son derivados del azar. Los segundos no merecen ni mención, mala suerte y a otra cosa mariposa, derramando las lágrimas necesarias para un miniduelo sin más dramas, mejor en privado, que contra eso nada se puede hacer. Los primeros, los que se pueden manejar de alguna manera, son otra cosa.
Todo estaba perfecto y te pegaste un castañazo, y no fue por el azar… Pues dos cosas, o tal vez todo no estaba tan perfecto, o las expectativas creadas, y creídas, estaban por encima de la realidad, y no supimos verlo.
Alguien con un talento, por mínimo que sea, aliñado con trabajo, podrá llegar muy lejos. Soy de la idea de que si eres observadora, podrás ir identificando pequeños factores que puedes modificar, mejorar, cambiar… en pos de conseguir un determinado objetivo. Tal vez tengas que estudiar más, aprovechar mejor el tiempo, reevaluar tu disciplina, saber de verdad si aquello que te propusiste es realmente lo que quieres, cuidar tu alimentación, cambiar la forma de entrenar, aprender una nueva técnica para mejorar la atención al paciente, trabajar, trabajar y trabajar. Los objetivos tienen que ser como escalones. Mirar hacia lo alto de la escalera puede dar cierto vértigo y hacernos parecer pequeños.
Los fracasos son como caídas de esa escalera que te llevarán un peldaño, o dos, o tres… más abajo, pero que te darán la oportunidad de aprender de errores cometidos. Eso sí, esto no ocurre solo, hay que esta atenta, que incluso para ser feliz hay que gastar energía. No olvides ser proactivo, que nada vendrá a tu sofá.
Los fracasos son oportunidades para conocer qué hicimos, cómo lo hicimos, y qué podemos cambiar para que en el siguiente intento, solamente el azar, o nuevas variables que no fueron identificadas previamente, puedan hacernos caer de nuevo. Eso sí, ya tendremos mucha más fuerza para levantarnos, subiendo escalones de dos en dos, que todo se entrena.

