246º fragmento -Insuficiencia muscular, catástrofe global

Ana nunca hizo deporte. No le gustaba.

En su casa, los hombres hacían deporte, las mujeres no tanto, pero no por una cuestión de educación, sino más bien de gusto, de inclinación.

A punto de cumplir unos 60 años que ni si quiera parece tenerlos cerca, no hace ni un año que comenzó a hacer una actividad física dirigida por profesionales.

Llevo años aprovechando las endoscopias fáciles y los tiempos muertos entre pruebas para hablarles de lo que yo hace tiempo que descubrí, y me empeño en que el resto descubra. El deporte, la actividad física, me ha dado mucho más de lo que yo podré devolverle jamás.

Me parece sorprendente que a pesar de tener tanto conocimiento y tantas pruebas científicas de todo el valor que tiene no ser sedentario en nuestras vidas, en nuestra calidad de vida, sigamos permaneciendo ciegos y sordos a una verdad que ya no sabemos de qué manera promulgar.

A Ana empezaron a dolerle las rodillas, casi iba coja andando, con una condromalacia rotuliana que poco a poco se iba empeñando en hacer que entrara en esa espiral de que hago menos y cuanto menos hago peor estoy.

Cuando he estado periodos largos de tiempo sin correr o sin hacer deporte (pocos a lo largo de mi vida), siempre que he empezado he experimentado ese dolor. Las fuerzas musculares equilibradas protegen nuestras articulaciones de choques indeseables que las llevan a desgastarse antes de tiempo. Si no tenemos músculo, no hay fuerzas que las sujeten, y por lo tanto, la artrosis es casi el destino final de esa rodilla.

Yo le insistía una y otra vez, con cada colonoscopia normal que compartíamos, en cada intermedio, en que seguro que le iba bien hacer algún trabajo de fuerza, pero dirigido por alguien que supiera, que pudiera adecuarle los ejercicios según sus posibilidades y según sus objetivos. Una prescripción de ejercicio, dosificado por un profesional iba a ser mejor que tener que tomar analgésicos y seguir perdiendo músculo.

La sarcopenia dejó de definirse como pérdida de masa muscular, también hay una pérdida de función, así que ahora, mejor hablamos de una insuficiencia muscular. Y esta insuficiencia muscular, que sobre todo se da en los ancianos, comienza a producirse a partir de los 40 años, según los estudios, pero no me extrañaría que fuera incluso antes, teniendo en cuenta la generación de autómatas escondidos tras pantallas que estamos criando.

Tu hueso y tu músculo no solo te sostienen, sino que tenerlos en condiciones óptimas es una de las cosas que te definen como persona sana. La sarcopenia es una enfermedad, y además, facilita la aparición de otras enfermedades y alteraciones en otros órganos, desde una tendencia a la diabetes, hasta una diminución en la capacidad congnitiva (nuestro cerebro se pone mustio), una tendencia a la depresión, un aumento del riesgo de la enfermedad grasa no alcohólica hepática (primera causa trasplante hepático en EEUU), obesidad con todo lo que eso conlleva…

Ana comenzó a ir al gimnasio de mi amigo JR dos veces en semana desde septiembre. Ella y su marido. Recuerdo las primeras semanas que hablaba con ella, poco habituada a hacer nada de fuerza, como se quejaba de las agujetas que tenía en sitios que no sabía ni especificar con cargas mucho menores que el resto del grupo, y como se sorprendió de la impotencia funcional que había descubierto que tenía en el hombro que se había fracturado años antes. Desde entonces no ha hecho nada más que mejorar, y sé que piensa que por qué no habría empezado antes (con lo pesada que era yo).

Y es que me resulta tan absurdo que no seamos capaces de invertir parte de nuestro preciado tiempo en algo que no solamente nos dará satisfacción y una fuente de placer difícilmente comparable con algo, sino que nos devolverá ese tiempo empleado multiplicado por mil, sintiéndonos más capaces.

Porque bien mirado, para que querría vivir yo más años si casi no podré levantarme de una silla, o tal vez incluso me encuentre encamada, con un cerebro pocho y desentrenado, consumido por todo el estrés inflamatorio al que lo he ido sometiendo, y un cuerpo lleno de órganos desgastados porque no fui capaz de estimularlos. Habrá situaciones inevitables, así que con más razón tendremos que deshacernos de las evitables.

El músculo no es solo para exhibirlo, para que nos de sostén, para que nos permita movernos… El músculo se comunica con el resto de nuestros tejidos, con todos nuestros órganos, como si les dijera: “Poneos en marcha y trabajad bien, que aquí hay músculo para rato”.

El músculo te protege de la hipertensión, de ser diabético, del deterioro cognitivo, de enfermedades psiquiátricas, de tener caídas, de la insuficiencia hepática…

Empieza. Pregunta si no sabes cómo. Todo se aprende. Aprender es lo que nos mantiene vivos.

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